Stefan Zweig

“Era un judío austríaco, culto, rico, elegante y cobarde…”. Así comienza el duro artículo sobre Stefan Zweig escrito por el famoso novelista español, Arturo Pérez-Reverte, admirable por su saga del capitán Alatriste. Si bien, en las siguientes líneas, Pérez-Reverte reivindica el valor literario de las obras de Zweig, él lo critica como “Un hombre de extraordinario talento derrotado por sí mismo, para quien la vida fue un privilegio; y ese mismo privilegio, unido junto a un carácter débil, lo incapacito para gritar y luchar”.

Así es como el novelista español interpreta una la supuesta pasividad de Stefan Zweig frente a la Alemania de Hitler. Yo creo de manera distinta, pues en Zweig, había una lucha por mantener su libertad y dignidad, un batalla en la cual trato de mantener una forma libre de pensar, un espíritu tolerante, demostrando en sus libros que lo exponen como un auténtico ciudadano del mundo, alguien que se sintió más allá de los países y de los templos.

 Haciendo de sus libros la defensa más lúcida de sus pensamientos, al defender esas ideas, trato de imitar a Montaigne, quien tuvo una importante influencia en él a lo largos de sus últimos años, y en consecuencia, Zweig evitó siempre tomar un bando. ¿Porque tomar un bando o Partido?, si es que él ya había tomado uno: el de la libertad.

Esa libertad, esta defensa espiritual de su ciudadela, en palabras de Goethe, se torna en un estilo de vida para Zweig. Durante la Gran Guerra, se había opuesto a la barbarie de ambos bandos beligerantes, y se empeña en defender aquella vieja, libre y algo utópica Europa, a la cual añoraba, y en la cual se crió. En palabras del propio Zweig, el defiende esa Europa en la cual “el derecho a la propia vida, a las propias ideas y a su libre manifestación de palabra o por escrito, que era algo que evidentemente nos pertenecía como el aliento de la boca y los latidos de nuestro corazón”, esa Europa que había representado el Imperio de los Habsburgo, en cuya filosofía creció Zweig. Al​ criticar la nueva política bélica del imperio durante aquella terrible guerra, se ve obligado a exiliarse a Suiza, en donde criticó, junto a otros prominentes intelectuales europeos, las políticas beligerantes europeas.

Luego, de la destrucción de la monarquía danubiana, se encuentra con una nueva Europa, una Europa en la cual Zweig deposita esperanzas, pero estas esperanzas le traerán las más profunda de decepciones al ver los inicios del nacionalsocialismo, lo cual nos narra en uno de sus más brillantes y reveladores libros, “El mundo de ayer”.

Como gran parte de los austriacos, Zweig ve estos movimientos ajenos, lejanos, confiaba en que la nueva Europa democrática no sería tan necia para seguir ideologías tan contrarias a la libertad, a la dignidad e igualdad. No podemos culpar a Zweig, como a muchos europeos, por poner sus esperanzas en que la herencia de racionalidad de la Europa Ilustrada y pensar que las ánforas no iban a respaldar el bárbaro mensaje del partido nazi.

Así pasa el tiempo, los movimientos antisemitas prosperan, masas ebrias de rencor con mensajes irracionales y sin sentido se suman al nazismo, que se ve favorecido por la incapacidad de los llamados países democráticos en hacerle frente. Los libros de Zweig comienzan a sufrir la censura, a partir de la llegada al poder de Hitler. ¿Como no se iba a censurar los libros de un defensor de la vieja Europa? Es entonces cuando se le apareció por primera vez Montagne, quien fue neutral en los tiempos de persecución religiosa. Decide alejarse de cualquier bando. Decide, no tomar más partido que el de su libertad, enfrentándose así a todo poder. ¿Porque apoyar a los aliados, si es que ellos participaron en la Gran Guerra, hicieron firmar el vergonzoso tratado de Versalles y le dieron en un comienzo a Hitler todo lo que les pidió? Entonces, pasó al Brasil, tratando de alejarse de esa Europa enferma. Con el avance alemán, creyó que ya no había forma de preservar su libertad frente al avance de la guerra, pensamiento que se refleja en su inconclusa biografía de su admirado Montagne, se puede prever la decisión que pronto iba a tomar. Empieza a repetir continuamente una frase de Montaigne, que decía “la vida depende de la voluntad ajena, la muerte de la nuestra”.

Desde mi visión cristiana, resulta, como a muchos probablemente, difícil ver el suicidio como una opción. ¿Pero podemos dejar de entender esa opción en quienes no lo son? Es acaso que la propia muerte como protesta en defensa de los principios no distingue a los estoicos como Séneca o a los valientes de Mesada. Del suicidio de Zweig, se pueden sacar incontables conclusiones, pero si hay algo podemos destacar en él, es que no fue un hombre sin carácter, menos un cobarde, él prefirió morir por sus creencias y no matar o promover la guerra por ellas. Unas creencias tan nobles y dignas, como la vieja Europa que desaparecía con él.