Pandemia y distopia: Hacia un nuevo modelo de injusticia

La Señora vino a dejarme unos papeles para el caso de su hijo. Él fue detenido en los primeros días del toque de queda, tiene problema psiquiátrico grave desde que vio a su hermano morir asesinado. No ha vivido en el Perú. No entiende si hay o no toque de queda. Salió a las 7:30 pm para buscar una gasa en la farmacia. Su madre había resbalado en el terral y sangraba. La policía de la Pascana, distrito de Comas, lo molió a golpes pues en su descontrol habría agredido a un efectivo. Todo se hizo mediático , nadie escuchó a la madre, él la ayudaba a vender comida en la puerta de un hospital. El juez le dio nueve meses de prisión preventiva. Se contaminó de coronavirus, él y todos sus familiares que diariamente lo visitaban. La señora me dio los papeles y me dijo que no tenía nada para pagarme, le dije que no le había pedido nada. Me regaló una de las mascarillas que vende como ambulante. Justo en ese momento me quebré. Mi cumpleaños sería al día siguiente. Pensé en mi madre y decidí ir a verla con cuatro docenas de rosas y su milhojas de fresas de la Pastelería San Antonio.

Cuando estaba a tres cuadras de la pastelería uno de esos retenes con policías detuvo el taxi. ¿ A dónde lleva esas flores? Expliqué que recogía un pastel, que veo a mis padres, viven solos, etc. Y cuando mencioné lo del pastel me dijo : Yo no puedo llevarle algo igual a mi madre. Me bajaron del taxi, no quisieron ver mi permiso de circulación ni nada. Me pidió mi DNI y me pusieron la multa de 320 soles. Le dije que no se la ponga a mi asistente, él es pobre de Tumán y no tiene adónde ir, se quedó sin trabajo, casa y sin poder regresar. El policía también le puso la multa y me dijo que también la pague yo. Me tomó una foto y se fueron los cuatro policías que esperaban que yo me desesperara frente a su provocación.

La señora, el policía, el preso que recibió perdigones que le vaciaron ambos ojos porque su tuberculosis le quita fuerzas para correr.El señor Alberto Mamani que debía mil soles de reparación civil por conducir ebrio y lo metieron a la cárcel año y tres meses y no pudo salir de la cárcel a tiempo por negligencia del juez y murió contaminado por el coronavirus. Todo representa la imagen que tengo hoy de la Justicia en el Perú.

Se supone que el caos y el pánico de los humanos origina nuevas formas de orden social. Entre el distanciamiento social, la inercia de las burocracias judiciales y la famosa digitalización hay temas que no vemos. Según Byung Chul Han, filósofo coreano, estamos frente a un mundo que ya ejerce «una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas».

China nos vende su modelo de Estado policial digital. 200 millones de cámaras controlan la vida de todo ese país continental, que hoy es el principal inversionista detrás de Odebrechect y que no por casualidad abre su Bank of China en toda la región, esparciendo un modelo de Estado y ciudadanos digitales que ganan puntos  “bonus” si se portan bien y pierden puntos si muestran su conciencia critica en redes o en foros públicos. El Perú necesitaría de internet gratuito en las zonas de las clases populares, dispositivos masivos de bajo costo, una estandarización del  abc para el usuario digital y una digitalización acelerada de las empresas privadas y todo el aparato del Estado. Si la información se mantiene en la oficina central o en la nube del ciberespacio, marcará la diferencia si un hacker de veinte años accede al trabajo de jueces y especialistas.

El Poder Judicial peruano tiene un proyecto del expediente judicial electrónico con visión de cuatro años. Eso debe reducirse a uno, si queremos que el acceso a la justicia no sea solo un discurso añejo.

La pandemia del coronavirus no asesinó a millones de personas pero el pánico colectivo y las medidas de cierre de pistas, ciudades y países sí asesinó la economía de millones de personas. Como dice Yuval Noah Harari “una gota de agua esconde un ejercito de enemigos letales.

Pero hoy en dos semanas se identifica un virus, se secuencia su genoma y se desarrollan los test de detección»

Así que la nueva realidad será fruto del pánico, de la calidad de democracia y el nivel de fanatismo por un modelo de libre mercado que se ha hecho añicos porque el Perú es así : agresivo, informal, maleducado e irrespetuoso de las reglas y el Estado de Derecho.

Leo los insultos en las redes cuando defendemos el lado humanitario de las cárceles peruanas. Slavoj Zizek le llama barbarie con rostro humano. Cada vez que recibo una llamada de una cárcel escucho desesperación, testimonios de hambre, enfermedad, tortura y corrupción de agentes penitenciarios. Todos nos hacemos los idiotas. Las cárceles peruanos son campos de concentración. Caer allí es una maldición . Me siento un Schindler con apellido irlandés. Pero lo peor es que siento que a nadie le importa. Ni siquiera a los jóvenes abogados penalistas que disfrazan su frustración y ambición con exegésis en Facebook. El País tiene un Estado fallido, la pandemia no nos mató, sino nos desnudó y probó que no hay justicia en una sociedad clasista que no hace nada por ser meritocrática, moderna y con una ética social mínima.

En la Guerra de los Mundos de HG Wells, los marcianos invasores mueren por un ataque patógeno terrícola , al cual no eran inmunes, cita Zizek. Este coronavirus nos atacó como si fuéramos marcianos. Nos trata como invasores. Justo o no, el tema parece ser asunto de Dios. Como dice Harari, para el coronavirus todos somos Homo Sapiens. Yo agregaría , incluso los presos, los litigantes y los jueces.