Las justificaciones de rigor

Acaba de ajustarse el gabinete ministerial de un presidente por accidente. Este nuevo equipo ministerial gobernará de la mano con una burocracia definidamente izquierdista. Le tocará acompañar al mandatario hacia la entrega del poder a una nueva administración. Esto si la avidez de poder, la pandemia del virus chino y la extrema recesión económica (en la que el actual gobierno nos ha arrojado) lo permiten. El nuevo gabinete –dado el estado de crisis continuada en la que previsiblemente se desenvolverá– tiene desafortunadamente todas las justificaciones para la mediocridad. Se enfrenta a un Congreso demagógico, con coaliciones políticas precarias e inestables; dispone de pocos meses para aprender y consolidarse; está rodeado de naciones latinoamericanas en deterioro y deberá manejar un entorno pandémico y económico difícil de empeorar (ver gráfico 1).

El gabinete anterior, liderado por un personaje de corte extraño y de razonamientos oscuros, repleto de ministros activistas, fracasó en los dos planos fundamentales de su mandato. En el ámbito de la campaña epidemiológica, el tránsito de las cifras oficiales (de 140,000 a 100,000 infectados por mes) se ha visto desautorizado por la turbidez de su registro. De hecho, una de las primeras promesas del nuevo presidente del Consejo de Ministros es tratar de sincerar –léase, dejar de mentir– las cifras oficiales. En el ámbito económico, tal como lo confirma el aludido gráfico, la cosa resultó peor. Las cifras publicadas de crecimiento trimestre-trimestre durante el segundo trimestre del año arrojaron ya una caída estrepitosa de 29.9% y descubren –anualizadamente– una recesión en caída libre. La causa madre fue un shock de irracionalidad gubernamental. Apostaron por protocolos abultados, erraron notablemente en la gestión de la cuarentena y resultaron incapaces de re-priorizar el gasto público. 

Sombras estadísticas incluidas, el fracaso fue sistémico. Párrafo aparte merece la continua y penosa exposición televisiva del presidente, quien a todas luces derrochó la popularidad que le dio el quiebre constitucional que lo mantiene hoy en el poder. Así las cosas, el nuevo jefe del gabinete y otrora esforzado colaborador de la señora Nadine Heredia, la tiene fácil. Si resulta incapaz de liderar el achatamiento creíble de las campanas epidemiológica y recesiva le sobran justificaciones para la mediocridad. Puede optar por el choque político barato (y aludir a la irracionalidad de un Congreso de coaliciones políticas precarias e inestables) y mucha gente le creerá. También podrá sostener que la epidemia de esta segunda versión del sars se ha tumbado económicamente a toda la región latinoamericana, a pesar de que esta ya registraba, desde hace un quinquenio, un severo deterioro económico (dada la consolidación de ideas marxistoides). Y por supuesto, este argumento también sería tomado como válido por muchos. En tercer lugar, pero para nada la coartada de fracaso menos efectiva, aparece el estrecho tiempo que dispone y lo pronunciado de las inercias de deterioro heredadas. Además, sobrarán los medios que defenderán que la “meseta” o el “rebote” son inminentes y/o que se postergarían temporalmente, esperando las elecciones o la asunción al poder de la nueva administración. Pero todas estas “salidas” son solo justificaciones para tontos. El visible hundimiento económico del país en términos de desarrollo relativo registrado el último siglo, aglutinó a decenas de gabinetes salientes, mediocres y turbios, cuyo gran logro –según ellos– resultaba que “evitaron que las cosas fueran mucho peores”.

Pero los retos son otros. Económicamente, el país se hunde (ver gráfico 2). Ponderando la megarrecesión en curso (y la herencia de retrocesos de la última década), nos alejamos de crecer siquiera al ritmo del crecimiento demográfico.

Notemos además que el rol de estos gabinetes de salida fue siempre timorato. Inconscientes de que la burocracia no electa toma el poder –cuando la batahola electoral ocupa el primer plano y el mandato del presidente y de los congresistas se va desvaneciendo– resultan temerosos de gobernar con lucidez y aplicar las reformas que el país requiere. Usualmente, solo aspiran a llegar al cambio de mando. Olvidan que, actualmente, con la dependencia de los medios de comunicación y de las encuestadoras, nadie se inquietaría si desmontasen controles, trabas y opresión política. Si se atreviesen a acotar la discrecionalidad del nuevo Gobierno. Pero esto, note estimado lector, a todas luces, es demasiado pedir para mentes tan agradecidas por el puesto.

*Tomado del portal El Montonero y reproducido con permiso del autor