El ajedrez de la vida

De uno y mil cuentos Scheherazade hizo uso, entre otras cosas (que puedo hedonísticamente reservar para otra columna), para vivir lo que en buena cuenta la vida le dio.  Qué hizo después, poco se sabe. Sobre los orígenes del ajedrez, gracias a ella, algo sabemos.  Que 64 cuadrados describan, en más que gran forma (Grand Master), qué hacemos y cómo hacemos lo que hacemos en la vida (¿política?) ya es, por decir algo, más que mucho.  (O algo cercano a ello.)

La primera jugada, queda claro, empieza cuando un cromosoma (por debatir) nos diferencia, como especie, de nuestros primos hermanos los chimpancés.  Jaque no hay.  Viene después.  Hoy.

Que el hombre razone y piense, que mire a su alrededor y se pregunte ¿qué soy, adónde voy, y qué hago aquí?, bueno, no empieza ni termina con la biografía de tres o más filósofos de alguna península balcánica.  Con la Grecia clásica, el ajedrez, la primera jugada, de alguna manera, todo empieza, nuestro ajedrez, es decir, cuál es la mejor jugada ahora que Pancho mueve su alfil a B4.  (No hay jaque.) 

Somos lo que somos y hemos llegado a donde hemos llegado porque hay un juego, que es más que eso, que nos conduce a pensar ¿intercambio mi alfil por la torre de Pancho?  Le dicen estrategia.  Estrategia o vida, si uno piensa en las consecuencias de lo que uno hace, y de lo que eso que haga implica, queda más que claro lo que Newton tenía en mente cuando a toda acción le asignó una reacción.  (Jaque.)

El gran Clístenes, el padre de la democracia ateniense, borgianamente soñó lo que el inglés Newton codificaría siglos después, en ecuaciones, en números, lo que en palabras se leería algo así: lo que uno hace afecta a otros.  Las olas en la orilla mueren.  Los hechos en la orilla nacen.

Las reglas del ajedrez cierta peculiaridad presentan: nunca se sabe cómo va a responder el adversario; el ajedrez, dicho en forma cuantitativa, ni de Newton ni mucho menos de Einstein noción alguna tiene.  La Física de Newton muere, como las olas del mar, en la orilla de la Física Cuántica.  Los hechos, y sus consecuencias, en la orilla nacen.

Del mar venimos y allí, cuestión de tiempo, terminaremos.  Ciclo de vida le dicen.  Este último ciclo, el que vivimos, el de la mal y alarmista llamada pandemia (¡El mundo acaba mañana!) no es otra cosa que una mediáticamente bien formada campaña para que, a través del miedo, los de izquierda se hagan del poder.  Al diablo con los derechos.  Si no haces lo que digo, castigo de por medio hay.  (Jaque.)

Es un ajedrez falso, prostituido, uno en el que las reglas del juego cambian de acuerdo a las consideraciones políticas ‘à la carte’ del dictador diurno.  Y de dictadores y sus aprendices y acólitos amplia experiencia tenemos en países como el nuestro.  Suecia es un caso interesante, que más de un médico marketero que con el miedo busca lucrar (pienso en el gran Alighieri y su Infierno), de cómo el respeto a los derechos constitucionales del individuo no tienen ni deben mediante el miedo eliminar lo que un bicho invisible nunca construyó. 

La izquierda mundial tiene un serio problema (¡Jaque!).  Del virus con mucho de miedo y algo de pimienta se han hecho de un plato que cada día menos prueban.  (Jaque.)  Si algo aprendemos de esta falsa pandemia (el tiempo dirá si el caso lo amerita, sarcasmo de por medio), es que, en algún momento de la historia, nuestra historia, queda claro, los astrólogos pasaban por astrónomos.  Sabemos cómo el cuento acaba.  (Jaque mate.)