Quo vadis, America

En su monumental historia del siglo XX, Tiempos modernos, Paul Johnson escribió un capítulo con un título estremecedor: “El intento de suicidio de Estados Unidos”. En él reflejaba la fractura y desmoralización de la sociedad norteamericana desde la segunda mitad de los años sesenta hasta la llegada de Reagan a la Casa Blanca. Con las lógicas diferencias de tiempo, Estados Unidos vive ahora una situación similar cuando se encamina hacia las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre. Además, estas se producen en medio de la peor crisis económica mundial desde la Gran Depresión y en un escenario de marcada erosión a escala global de los principios de la sociedad abierta y de sus dos expresiones institucionales: la democracia liberal y el capitalismo.

Los ciudadanos estadounidenses se enfrentan a una alternativa descorazonadora: reelegir a un presidente que ha mostrado un constante desprecio por el orden constitucional y ha convertido al Partido Republicano en una formación populista definida por un nacionalismo nativista u optar por el candidato de un partido, el Demócrata, que se ha desplazado hacia la izquierda como no lo había hecho desde 1972 cuando Nixon derrotó a McGovern. En el país que ha encarnado durante más de una centuria los valores del liberalismo clásico, dos tipos de populismo, de derecha y de izquierda, pugnan por la suprema Magistratura de la nación. Esto configura un escenario muy alejado de los principios sentados por los padres fundadores y de lo que ha sido, a veces con vaivenes, la tradición política de Estados Unidos.

Donald Trump y Joe Biden no dirigen su mensaje al conjunto de la ciudadanía, sino a minorías que se consideran los perdedores de la sociedad norteamericana. El primero, a un segmento de la población cuyo biotipo es ser blanco, hombre, de mediana edad y con poca formación que considera la evolución de Estados Unidos un peligro para sus valores, para su empleo, para sus comunidades y para la propia identidad nacional; el segundo, a una colección de tribus identitarias en busca de la obtención de mayores discriminaciones positivas a su favor. Para ambos grupos y por razones radicalmente opuestas, el sueño americano ha dejado de ser un objetivo alcanzable. La única diferencia es a quién se asigna la responsabilidad de ese estado de cosas: a las elites cosmopolitas y globalistas unos y a las fuerzas de la reacción los otros.

La idea misma de ser estadounidense ha pasado a ser identificada por los populismos combatientes con criterios de ideario, raza, religión, procedencia, sexo o condición. Esto configura una dimensión bipolar radicalizada en la que los extremos marcan la agenda. Los trumpistas y los demócratas consideran a sus adversarios el enemigo y reclaman para sí el monopolio de los verdaderos valores norteamericanos. Por eso, la batalla es: todo o nada. Esto ha desembocado en una guerra crónica y envenenada entre dos teologías políticas, inmunes al racionalismo crítico y aferradas a creencias que no admiten discusión, sino solo adhesión. A modo de caricatura, cualquier acto de la policía es racista, clasista o machista, y cualquier ataque contra ella es un acto de resistencia frente a la opresión del sistema y de sus servidores. El populismo trumpista se ha enfrentado a la dictadura de la corrección política de la izquierda, pero con la intención de imponer la suya.

Este panorama resulta sorprendente. De acuerdo con los estudios del Pew Research Center, el grueso de los norteamericanos, lo que en los viejos tiempos se consideraba la mayoría silenciosa, se declaran fiscalmente conservadores y socialmente tolerantes o, para decirlo en términos populares, gentes que consideran que el gasto y los impuestos no han de ser altos y no les interesa con quién se casa uno. En términos más sofisticados, la centralidad se articularía alrededor del principio de igual libertad ante la ley, de un Estado pequeño y poco intrusivo en la economía y en la vida de las personas. Sin embargo, ese espacio se ha diluido hasta casi desaparecer del discurso de los dos grandes partidos.

Algunos despistados consideran a Trump un defensor de la libertad económica y de la disciplina macroeconómica, olvidando su fe y praxis proteccionista, su dirigismo-planificación en el ámbito de la industria y de la estructura empresarial o el brutal incremento del déficit (399.000 millones de dólares) y de la deuda pública, un 14 por 100 desde el inicio de su mandato. Su agenda desreguladora, una de las banderas de su Administración, no ha revertido la tendencia previa; simplemente la ha aminorado. En los primeros dos años de sus respectivos mandatos, Bush y Obama emitieron 6.999 y 6.793 nuevas regulaciones; Trump sólo 4.310. Es cierto que ha bajado los impuestos, pero al coste de un incremento del endeudamiento del sector público que hace muy difícil su sostenibilidad.

Los dos candidatos presidenciales no son los idóneos, ni siquiera los subóptimos

Sin embargo, el programa económico de Biden no es mejor. En política comercial no tiene diferencias significativas con el de Trump. Por añadidura plantea una brutal expansión del Estado: un incremento del gasto público de dos billones de dólares en programas sociales y en infraestructuras, una espectacular subida impositiva de 3,6 billones y un paquete de medidas que introducen rigideces en los mercados, así como una agresiva, costosa y antieconómica estrategia para combatir el cambio climático. Y realiza estas propuestas en un entorno en el que las finanzas públicas tienen ya un importante desequilibrio que se incrementará de manera sustancial a causa de la recesión impulsada por la Covid-19.

Desde esta perspectiva, la santificación de la opción demócrata frente al trumpismo es tan errónea como la subida a los altares del actual presidente realizada por la derecha iliberal. Quizá Biden sea un centrista, pero su partido no lo es ni el núcleo de sus paladines tampoco; tal vez haya gente sensata y equilibrada en el círculo de Trump, pero su influencia ha sido inexistente y eso no parece que vaya a cambiar. Por eso, la elección presidencial de noviembre se solventa entre dos candidatos que no son los idóneos, ni siquiera los subóptimos. Y esta es una pésima noticia para afrontar los desafíos a los que se enfrentan Estados Unidos y el mundo en los próximos años. A izquierda y a derecha, el país parece haber tomado la mala dirección.