Cortesanas, Palaciegos, Autoridad, Poder y Corrupción

Escabroso  es el presente capitulo que vivimos, más allá de la desgracia sanitaria  producida por  la pandemia, y el fracaso del gobierno en su gestión, con miles de muertos anónimos y la economía quebrada, con desempleo cabalgante y el tesoro del estado dispendiado. La tragedia de  se ha vestido de plumas,  chismes y lentejuelas  salpicados de  traición  y dramas  de la conducta personal del propio Presidente de la República.

Hace poco más de dos años, por los escándalos de la  compra de votos y negociados económicos y políticos que pasaron por un indulto; asumió  legalmente la primera magistratura del país, un embajador que mientras fue ministro  de Transportes, se vio complicado en la  historia aun no aclarada del aeropuerto de  Chincheros en el Cusco. Se convirtió  en el   presidente no electo  de todos los peruanos. (Una operación bien montada por el entonces congresista Villanueva). El ciudadano Vizcarra, fue  consecuencia de una renuncia, del Presidente electo. De la inestabilidad Politica;así un ciudadano  transmuto  su confinamiento en un país del Norte por un nuevo orden palaciego, ilegitimo e inestable.  Con un congreso disuelto, y otro elegido  entre el oportunismo y la aventura. Con un Poder Judicial maniatado, un  CNM  copado y con nombre cambiado, con un Tribunal Constitucional  donde seis de sus siete miembros con el periodo vencido, por mencionar algunos de los pilares de la República;  me pregunto, o más bien pregunto, ¿Qué estabilidad queremos resguardar?. ¿De qué gobernabilidad hablamos?

Después de los escándalos que nos avergüenzan a todos los peruanos, porque no podemos olvidar que el Presidente personifica  la Nación,  y  donde  sus cortesanas y palaciegos  hacen destacar sus temas íntimos y personales (Que por la trascendencia pública  nos atañen a todos , pero cuyo detalle  es ocioso por  lo patético e intricado  de los mismos). El Presidente ha perdido toda autoridad, quizás tenga aun poder, y en mérito de ese poder pueda sostenerse. Pero  ya no reúne condiciones éticas  ni morales para personificar a la nación. Está claro que  ha mentido, que se ha organizado para  distorsionar la verdad, para ocultar y borrar pruebas, para traficar  con sus influencias y muchos otros temas, que si deben investigarse, y sancionarse. Está claro que la propia conducta personal lo ha puesto  en tela de juicio. La conducta del presidente no es consecuencia de ninguna traición y menos de alguna conspiración. Por eso todos, Tiros y Troyanos piden investigación judicial y criminal. Sin embargo, el presidente del Republica no es un simple ciudadano, es alguien que debe gozar de autoridad.

El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien se reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde dónde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal. Sólo se tiene autoridad cuando es legítima y justa; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tiene razón Hannah Arendt al decir que si la autoridad  desaparece, se hundíran los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería.

La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad” En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores y el alcalde y el presidente merecen respeto «institucional». Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, y del mandato popular  podríamos decir. Con mayor razón si hablamos del Primer Magistrado de la  República.

Nuestra sociedad se ha hecho tolerante a la falsedad y la mentira. La exaltación del relato en detrimento de la historia, la confianza en las redes sociales como fuente de información, la glorificación de las opiniones que invitan a prescindir de los argumentos. Reforzadas por una prensa alquilada hasta las medulas. La gran mayoría no sabemos y no queremos distinguir entre un hecho y una opinión. Los medios de comunicación, tampoco lo hacen, por el contrario, son corifeos de la enfermedad.

Y esto nos está pasando respecto de ciertos valores morales, así fácilmente, podemos aceptar la corrupción, la injusticia o la crueldad. La inteligencia humana está siempre seducida por un mayor peligro: Nos estamos habituado a todo. Como autodefensa, nos hemos hecho insensibles. Consideramos normales cosas que posiblemente en otro momento nos pudieran resultar espantosas. Estamos infectados y no queremos darnos cuenta. La sociedad se ha encanallado.

Ahora nos encontramos atrapados entre las intimidades y desarreglos de cortesanas y palaciegos. Nos hemos acostumbrado a utilizar el razonamiento para fundamentar posiciones, no para intentar alcanzar un conocimiento verdadero. ¿Por qué hemos llegado a este punto? Probablemente la principal razón sea la carencia de pensamiento crítico. Nos encanta que nos embauquen, celebramos a los pícaros, endiosamos a los criollos, los convertimos en un espectáculo, con lo que quitamos gravedad a sus tropelías.

Se ha dicho siempre que la “tolerancia” es la gran virtud de la democracia. Podría ser una afirmación disparatada. José Antonio Marina, se ha hecho las preguntas siguientes, ¿Con qué hay que ser tolerante? ¿Con el bien? No, al bien no hay que tolerarlo, hay que aplaudirlo, protegerlo, fomentarlo. ¿Entonces, con el mal? tampoco, no hay que tolerarlo, sino combatirlo. ¿Qué pretendemos, al elogiar al tolerante? El lenguaje nos ha jugado una mala pasada. La intolerancia es mala, pero lo contrario, su antónimo, no es la tolerancia, sino la justicia, y esta nos obliga a ser intolerantes con muchas cosas, por ejemplo, con la corrupción. Además, la tolerancia tiene un preciso significado clínico. Cuando un paciente aumenta su tolerancia a una droga, necesita cada vez dosis más altas para alcanzar el mismo efecto. Esto está pasando respecto a los comportamientos deshonestos. Para percibirlos, necesitamos que sean cada vez más grandes, más escandalosos. Todos tenemos la obligación de juzgar sobre cosas que afectan al bien común, y para ello debemos ponernos en condiciones de juzgar justamente: informarnos, buscar la objetividad, no dejarnos llevar por preferencias emocionales ni por intereses personales o sectarios.

La corrupción, no olvidemos, es por esencia expansiva; es una pandemia social e histórica, desde hace 200 años o más. El corrupto corrompe inevitablemente, porque lo necesita para sobrevivir. Se difunde como un virus. Hay corrupción dura y suave; se compone por abusos, descuidos, absentismos, irresponsabilidad en el uso de los bienes comunes, es el desprecio de la excelencia. Por eso ni en ocasiones de vida o muerte como la pandemia del CORONA VIRUS se han dejado de cometer tropelías, ni en la policía, ni en la compra de respiradores y equipos médicos, ni en los otros sectores, por eso es que los ciudadanos comunes no usan barbijo y salen a las calles en pareja o cuando no deben. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia.

Por eso corresponde a mi juicio una sentencia moral al Presidente, que con vacancia o sin ella(que sera resultado del uso del poder únicamente) es alguien que no tiene autoridad ni moral, ni política, ni jurídica, es un ciudadano que ha encarnado la corrupción.

Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba «desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente».