El general San Martín, opacado por el covid-19

El gobierno ha hecho el esfuerzo para recordar el desembarco del general San Martín en Paracas  el pasado ocho de este mes, que señaló el comienzo de su itinerario en la historia peruana. Venía en una escuadra pilotada por el corsario vicealmirante Thomas Cochrane.  Eran once naves de guerra de alto bordo y quince transportes, conduciendo casi 4,000 efectivos de nacionalidad chilena, argentina y peruana uniformados y pertrechados.

San Martín había recibido del gobierno argentino la tarea de independizar de España el Alto Perú. El general propuso cambiar el plan de ir directamente a lo que sería Bolivia. Quiso ir por Chile y Perú, luego de preparar un ejército. Recibió la aprobación del gobierno argentino. Fue a Chile, donde ayudo a la libertad de ese país, y de ahí vino al Perú. Llegó a Paracas el 8 de setiembre de 1820, hace 200 años.

San Martín había hecho su carrera militar en el ejército español, llegando al grado de coronel, desde donde pasó al nuevo ejército argentino con el grado de general. Como militar, sabía que la gesta emancipadora iba a ser ardua en el virreinato del Perú, por lo que desde el principio pensó en promover conversaciones de paz con los virreyes. Así lo hizo. Hubo, como sabemos varios intentos. Pero la fidelidad de los virreyes al rey de España impidió un arreglo para un proceso pacífico de la independencia del Perú.

En Guayaquil, San Martín pasó la posta a Bolívar, quien culminó la tarea emancipadora en Junín y Ayacucho. Sin embargo, dentro del espíritu sanmartiniano, hay que recordar la despedida de realistas y patriotas, antes de la batalla de Ayacucho. Fue el realista Monet quien propuso a su amigo el patriota Córdoba, habida cuenta que había hermanos en ambos bandos, que se dieran un abrazo antes de la batalla, y así lo hicieron.

Pero mientras tanto, ambos militares conversaron sobre la posibilidad de evitar la batalla. Monet propuso a Córdoba, que antes de echar “la bárbara suerte de la batalla”, viesen si era posible entrar en alguna “transacción que ahorrase la sangre que iba á derramarse”; y Córdoba le contestó que eso era, no sólo posible, sino fácil, justo y racional, pues “la cuestión quedaba terminada con que los jefes españoles reconociesen la independencia de América y regresasen pacíficamente a España”, si les convenía.

No pudo ser, y ahora festejamos el bicentenario de la república, evocando tanto lances ideológicos como bélicos, en una historia de rompimiento entre España y el Perú, que pudo terminar pacíficamente. Recordaremos, por ejemplo, el 15 de julio del año que viene, la firma de los patriotas de la proclama de libertad en la Municipalidad de Lima, uno de los hitos más importantes del proceso de la independencia.

El corto plazo nos obliga a gobernantes y gobernados a sacar provecho de la triste experiencia del covid-19 para mejorar la atención de la salud de los peruanos. De la gesta emancipadora pensaremos el 2024.