Los pueblos ya han esperado demasiado

La deuda del Perú llegaba a 27% del PBI antes de la pandemia y llegará quizá al 39% ahora, debido al gasto de la pandemia. Muy por encima del límite del 30% que no se debía sobrepasar sin poner en peligro el grado de inversión del Perú en el sistema financiero global.

El PBI de EEUU era de 21 millones de millones de dólares antes de la pandemia. El de China, de 14 millones de millones de dólares. El PBI mundial, unos 87 millones de millones. La deuda de EEUU hoy es de 110% de su PBI. La mega deuda mundial –ante la cual nadie sabe qué hacer- alcanza a 300% del PBI mundial.  

Lo que hace posible el crédito es una de dos cosas: la garantía que lo respalda o la credibilidad de quien recibe el préstamo, aunque no tenga garantía (o esta sea solo aparente).    

Hoy el mundo entero ha tomado prestado sin garantía tres años de su futuro y los ha gastado ya por adelantado. Semejante deuda es ya simplemente imposible de pagar dentro de los parámetros normales. Hay que pensar fuera de la caja. Se puede multiplicar la garantía que la respalda.  

Hernando de Soto estima que existen en el planeta unos 150 millones de millones de dólares en recursos naturales bloqueados bajo el suelo por quienes controlan la superficie y no permiten sacarlos sin recibir una tajada equitativa.

Esos recursos, entonces -sin incluir lo que no está bloqueado-, valen hoy en el mercado global más de cuatro veces el PBI de EEUU y de China sumados, cerca del doble del PBI global y más de la mitad de la deuda mundial. 

Para poner en valor esos recursos en el mercado mundial -y sanear la deuda mundial con esa garantía-, sin embargo, es necesario poner en valor al mismo tiempo las tierras que se hallan sobre ellos. De otro modo, simplemente, quienes las controlan no permitirán sacar los recursos naturales que se hallan debajo.

Hace años dijo De Soto algo que cambió el juego: “el problema del siglo XXI son los papeles sin bienes en los mercados financierosn desarrollados y los bienes sin papeles en el resto del mundo”. Son las dos caras de la misma moneda. Esos recursos naturales y las tierras sobre ellos son los bienes sin papeles que pueden crear nuevo valor real que devolver a los papeles sin bienes del mercado global.  

El valor de esas tierras, sin embargo, no puede fijarlo la empresa que tiene la concesión del recurso otorgada por el Estado respectivo. Tampoco pueden determinarlo quienes ocupan la superficie sobre el recurso. Menos aun puede hacerlo el Estado. Solo el mercado –la oferta y la demanda- puede hacerlo. Pero no el mercado local, donde esa tierra no vale nada, sino el mercado global en las bolsas de Nueva York, de Toronto o de Londres.

Solo de ese modo habrá un precio aceptado por todas las partes. Solo de esa manera el valor de la tierra encima se moverá paralelamente al valor del recurso debajo. Solo así quienes controlan la superficie recibirán la parte que equitativamente les corresponde del valor de los recursos naturales.  

El diálogo simplemente no basta y nunca bastará para enmendar lo que no funciona. La propiedad es la clave del problema. El mercado es la mayor fuente de energía económica en el mundo, pero solo la propiedad es el arnés que puede ponerla al servicio de todos.  

Las comunidades andinas y amazónicas y los pueblos pobres de la tierra ya han esperado más que suficiente.