El progresismo Reaccionario

Es sabido que la expresión ‘izquierda política’ y ‘derecha política’ se refieren, originariamente, al lugar que ocupaban los políticos en el Parlamento francés, después de la Revolución. Los políticos que apoyaban al llamado Antiguo Régimen (que incluía a monárquicos y conservadores) se sentaban en la parte derecha. En cambio, sus adversarios (entre los que podemos situar a liberales y revolucionarios) se sentaban en la izquierda.

Pero esta distinción ya no tiene sentido. Ahora, mucha gente supone que la izquierda atesora unos determinados valores y la derecha otros. ¿De qué valores se trata? No es tarea fácil, dada su variabilidad. Ahora el socialismo o el progresismo peruano pretenden identificarse con el cambio. O sea, ‘por el cambio, por una nueva constitución. ¿Qué cambio? Esa es otra historia. Vaya pues en las siguientes líneas un intento de  definir a esos progresistas de papel.

El progresista  de izquierda  se me figura como un  fraile medieval que, desde el púlpito, es incapaz de entender la complejidad del presente, predica su verdad. Quiere hacerla universal, absoluta. Esa predica además  oscila entre la revelación y la redención.

Las sociedades avanzadas, hoy de una forma u otra se caracterizan por  la cultura de la queja. Una cultura que se extiende aquí y allá. Una  cultura que todo lo abarca y todo lo abraza. Se quejan de la Banca, se quejan de la Industria, se quejan de las minias. Se han creado colectivos que se quejan; entre otros, se quejan el colectivo LGTBIQ, las feministas, los pensionistas, los jóvenes, los sindicatos, los pedagogos, los desocupados los indigenistas. Sí pues, todos tienen derecho a quejarse. 

Ser progresista hoy es quejarse de todo por sistema. A ellos –ya en el ámbito más propiamente  ideológico-, podemos añadir, también entre otros, a los anticapitalistas, los antiglobalizadores, los antioccidentalistas, los antipatriarcales, los ecologistas, los pacifistas, están en su derecho. 

Lo que llama la atención de unos y otros es su tarjeta de presentación en sociedad: “Nosotros los progresistas”. De lo cual cabe deducir que ser progresista hoy es quejarse de todo. Por sistema. O, por mejor decir, por antisistema. Como en chile, donde olvidaron que la pobreza en tiempo de Allende  campeaba por doquier, que la gente no tenía que comer, porque el modelo socialista de entonces era  a la chilena. 

Una de las características de este progresismo quejoso es el espíritu lúdico: performances, escraches, asedio a personas e instituciones, guateques, marchas y un largo etcétera que cabe situar entre las procesiones rogativas medievales y marchas de cuatro suyos o documentales que  muestran como héroes a personajes absurdos y violentos de nuestra historia reciente. 

El progresismo se auto verifica y auto legitima y nunca se refuta, vende huma sin que nadie se preocupe de ventilarlo. Yo si quiero que ese humo no nos intoxique.

Vale decir que la cultura de la queja progresista –la invención de un imaginario absoluto al cual se atribuye, con razón o sin ella, todos los males- acaba impregnando la trama social gracias a los medios de comunicación. El progresismo siempre encuentra quien lo propague. 

Así se construye una doctrina oficial y una concepción del mundo que, con  frecuencia, no se cuestiona por temor a ser tildado de reaccionario y hasta de fascista. Existe un síndrome de Estocolmo ideológico que inhibe cualquier disidencia. Así se socializa –añadan la escuela- el discurso progresista. Qye ahora es difundido oficialmente hasta por el Mionistrio de educación, dond ungenocida como Abimael Guzman es mostrado como un Robin Hood moderno.

El progresista,  se  ha convencido de ser el protector de la sociedad, así como el garante de la libertad, la justicia y el bienestar frente al mal que acecha, se permite el lujo de señalarnos el recto camino que seguir bajo amenaza de excomunión política, social e ideológica. El progresista pretende ser una revelación laica –anticapitalismo, anti patriarcalismo o anti occidentalismo- que promete la redención por la vía de  una nueva constitución, por  la renta básica universal, por  la discriminación positiva, la igualdad del hormiguero, el multiculturalismo o la escuela antimeritocrática.

 ¿Alguien exige pruebas de la bondad progresista? El progresismo no admite ni verificaciones ni refutaciones. El progresismo se auto verifica y auto legitima y nunca se refuta. Dentro del mismo, todo vale; fuera del mismo, nada vale.

EL PROGRESISMO TIENE UNA INSPIRACION INTOLERANTE

Hay que decirlo , con todas sus letra fuerte y claro, el progresismo , más allá de sus  legítimas reivindicaciones, resulta fácil  de vincularlo a una deriva intolerante en quienes precisamente se presentan como los máximos exponentes de la diversidad

Un ejemplo de lo dicho. Vayamos a la actualidad más inmediata. Reparen en los movientes  LGTBIQ o los movimientos feministas, que atacan y destruyen iglesias y centros de culto. Su prectica para visibilizarse se  sustenta  en  una deriva intolerante, insultos, agua, escupitajos y cascos de botella incluidos- en quienes precisamente se presentan como los máximos exponentes de la diversidad. En lo artístico y cultural buscan la invisibilidad otras manifestaciones que no califican a su moral superior.

LA SUPERIORIDAD MORAL DE LA IZQUIERDA

A lo cual cabe añadir un aire autoritario y reaccionario que construye un espacio “progresista” –político, social, ideológico y moral- en que existe el derecho de admisión. O estás conmigo o estás contra mí. O piensas como yo o puedes salir escoltado pintado de amarillo, humillado y vejado, tachado de fascista y derechista bruto y achorado. Pretende sumar y acaba restando. Y dividiendo.

Este es nuestro progresismo reaccionario de cada día, además de un evidente exhibicionismo y afán de protagonismo, frecuenta la unanimidad, luce una supuesta superioridad moral, y aspira al privilegio por ser quien es. Siempre, por definición, se cree en lado bueno de la Historia. Y, como puede constatarse, juega a un tiempo el papel de juez y parte. Criminaliza, sin derecho a réplica, cualquier opinión que se escape de la norma. Es decir, de su relato. El discurso progresista recuerda -¿el heredero natural?- al de los viejos inquisidores.

Por eso creo que este progresismo electorero que nos toca vivir, es más reaccionario  que su supuesta vocación de cambio.