Quemando iglesias se hace socialismo

La cristiandad no puede ser encarcelada ni atacada militarmente, pero si se pueden quemar las iglesias. Así se puede justificar ideas correctamente políticas, así actúa el marxismo cultural. Los socialistas ahora queman las iglesias.

La toma del poder político por los marxistas concentrados en realizar su sueño de un nuevo orden mundial sin clases sociales y sin ciudadanos en conflicto con los planes de la élite dirigente, se sustenta en la gran estrategia de copar e influir a través de las artes, la educación y los medios de comunicación. En esto consiste la silenciosa y sistemática erosión que sufren los cimientos de la civilización occidental. Este trabajo de zapa tiene un solo objetivo: hacer que la sociedad sea más receptiva a la toma del poder político. Para llegar a ese punto es necesario destruir la cultura cristiana, lo que una vez se llamó Cristiandad o civilización occidental.

El marxismo cultural concibe que, si se separa a la gente de su religión se la separa de su comunidad con otras personas de la misma identidad religiosa. Al atacar la religiosidad el marxismo atenta contra el mismo centro de la persona. La idea es atomizar al hombre para luego someterlo. El slogan de Marx se contradice bastante con las acciones de los nuevos marxistas. El grito de “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” se transformó en una demanda silenciosa que rezaba “Trabajadores del mundo: ¡separaos!” De ahí la genialidad de los patriotas polacos que bautizaron a su movimiento sindical “Solidaridad” llevándole la contra al marxismo que busca encerrar al hombre en sí mismo, acobardándolo, transformándolo en un ente que no ama ni es amado por nadie. La ayuda y la solidaridad naturales a cualquier grupo humano es la base de toda religión y por eso la religión es el gran enemigo del marxismo que se propone imponerse sobre la voluntad humana como un dios para oprimir al hombre y negarle su individualidad.

El marxismo cultural ataca a la religión porque es una forma colectiva de asociarse y sostenerse. En eso el Estado marxista no admite competidores porque pretende ser el que forma al individuo desde la cuna exclusivamente para sus propios fines. Una vez indoctrinado, el individuo verá en el individualismo un vicio y en el colectivismo marxista una virtud. Las repúblicas constitucionales con sus protecciones legales al individuo son el segundo enemigo del marxismo. Los términos “república popular” o “república democrática” tan usados por los soviéticos en su tiempo, se entienden jocosamente hoy día porque la gente siempre supo — a pesar de la propaganda — que esos términos eran mentirosos. Nunca hubo verdadera representación republicana en la Unión Soviética y la apelación a términos como “popular” o “democrática” no alcanza para ocultar la realidad de un solo partido cuyos dirigentes — una nueva oligarquía —viven la gran vida a expensas del pueblo; o la falta total de poder representativo del individuo que no tiene más remedio que “elegir” un solo candidato. El éxito del marxismo es incompatible con la supervivencia de las repúblicas representativas como forma de afirmación y protección de los derechos del individuo ante el poder avasallador del Estado. De ahí que los marxistas culturales promuevan el “multiculturalismo” o la inmigración incontrolada con el objeto de diluir la identidad nacional de cada país.

Un miembro prominente de la Escuela de Frankfurt, György Lukács nos deja estas interesantes reflexiones en una grabación magnetofónica muchas veces citada:“Yo veo la destrucción revolucionaria de la sociedad como la única solución. Un cambio mundial de valores no puede tener lugar si los revolucionarios no aniquilan previamente los antiguos valores.”

 

Lukács es el creador del “terrorismo cultural” que nos legó la educación sexual en todos los niveles de enseñanza, la cual se usó y aún se usa para inyectar conceptos como “amor libre”, “la obsolescencia de la monogamia”, la “irrelevancia de la religión”, la “naturaleza arcaica de la familia de clase media” y otras monstruosidades por el estilo.

Nunca faltan excusas rimbombantes para la violencia política. Los nazis mintieron asegurando que los judíos eran un peligro para Alemania, y los comunistas mintieron y siguen mintiendo al proclamar que el socialismo nos va a proteger de los males de la propiedad privada y el mercado. En el propio Chile hubo antes violencia contra iglesias católicas con otra excusa que emplea la izquierda para legitimar sus tropelías: el indigenismo. En 2019 iglesias católicas y protestantes fueron quemadas alegando, como siempre, que el capitalismo causa los padecimientos de los chilenos. Los incendios y saqueos llegaron a afectar monumentos históricos, como la Iglesia de los Sacramentinos, y hasta la catedral de Valparaíso. El domingo con el pretexto de la protesta y marcha se han  vuelto a incendiar  las iglesias de San Francisco de Borja y asunción en Santiago de Chile, por turbas terroristas urbanas.

El ataque a las religiones judeocristianas es una señal que unifica los dos regímenes totalitarios más siniestros de nuestro tiempo: el nacional-socialismo y el comunismo. La persecución religiosa, por tanto, indica que no son solo los sentimientos religiosos los que están amenazados.

El pensamiento antiliberal hegemónico se apresuró a relacionar la violencia con situaciones económicas y sociales concretas, de pobreza y desigualdad. Es una antigua ingenuidad atesorada por los revolucionarios cuyo único objetivo es justificar los desmanes. La verdad es que jamás ha prevalecido el socialismo por condiciones económicas sino que ha utilizado circunstancias económicas y sociales para prevalecer políticamente, que es lo que le interesa. Una vez que prevalece, como es bien sabido, el comunismo agrava todos los males del capitalismo hasta extremos genocidas. Y, por supuesto, arrasa con las religiones judeocristianas de modo implacable.

Nada de esto es casual. No puede implantarse el socialismo en ninguna de sus variantes si no desactiva el papel de las instituciones que protegen a las personas. Por eso ataca siempre la propiedad privada, la familia, las tradiciones, la moral y las religiones que no se pliegan al poder político.

El incendio de iglesias, por tanto, no es un acto más o menos lógico de “protesta” de unos “manifestantes”, como dijeron bastantes medios. Resulta evidente, como escribió Vanessa Vallejo en PanAm Post, que los creyentes no tienen ninguna responsabilidad de los problemas que aquejan al pueblo chileno.

Cuando unos terroristas urbanos queman y saquean los templos cristianos en nombre del progreso anticapitalista, eso constituye un anticipo de su objetivo final, de lo que en realidad querrían quemar, y de hecho quemaron muchas veces durante el último siglo: la libertad de todos.

FUENTE.- CARLOS CASO-ROSENDI(Revista primera Luz);ARTURO J. SOLÓRZANO(FE, Foro Económico junio 2020);CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN (libertad y Progreso.Es 7/ Actuall)