No dividir más al Perú

Durante su visita a Trujillo, el Papa Francisco dijo: “ Los jóvenes caminan rápido, pero los viejos conocen el camino”. El Santo Padre estaba  bien informado: a Haya de la Torre se le atribuye la frase, dicha en el mismo Trujillo, “los viejos a la tumba y los jóvenes a la acción”. Y recién después de medio siglo  el mismo líder  tuvo la oportunidad de presidir una Asamblea Constituyente.

Hoy, se busca ganar legitimidad con aquella frase “La Generación del Bicentenario”, que hace alusión a las manifestaciones callejeras de jóvenes que darían oportunidad a que, irónicamente, un ciudadano de 76 años, tome posesión del Gobierno.  Nada malo ni  extraño: el promedio de los gobernantes que tienen verdadero poder en el mundo supera la edad de los setenta años.

Ese oportunismo de llamar a un grupo de peruanos “generación del bicentenario” tiene además sus bemoles. No se sabe si los malos policías que dispararon contra manifestantes tienen o no la misma edad que las víctimas. Sí se sabe que el ciudadano que llegó al poder tiene alta capacidad profesional  y experiencia adquirida en el extranjero. Por otro lado, en  todo el mundo se conoce que  las generaciones influyentes son las que hacen suyas o tienen propias propuestas concretas, o sugieren cambios convertidos en logros mundialmente reconocidos.

Como diría el sociólogo alemán Ulrich Beck, no debemos ocupamos de la generación como una entidad naturalmente definida en el contexto de las fronteras nacionales, más bien ampliemos el horizonte más allá del marco de un Estado o Gobierno, esbozado varias constelaciones generacionales de carácter transnacional y relacionando sistemáticamente problemas similares en diversos países. Ello dentro de un contexto de globalización cultural, así como social, de definidos contrastes económicos, con propuestas que generan reconocimiento y hasta nuevos vínculos, en que se expresan ideales así como valores a defender. Ello conduce a   ganar nuevas perspectivas para solucionar conflictos con formas legítimas de protesta

La juventud consciente  no deja que les roben el futuro. Creo que el mejor homenaje a los jóvenes —hoy y siempre— es el respeto: y eso comienza por decirles la verdad. Ni con un papel firmado por un Ministro de Estado que diga “generación del Bicentenario”, o con un recorte de prensa sobre el mismo tema, van a conseguir un trabajo bien remunerado en el Perú o en el extranjero. La problemática es  más  grave en razón de que la oferta de aprendizaje en el Perú es muy baja. Consecuentemente lo es también la oportunidad laboral. Esto lo demuestra el estudio internacional sobre aprendizaje llamado Pisa, que revela que nuestro país es uno de los últimos del mundo en el campo educativo. 

Es hora de sincerarse. Sería saludable cerrar diez ministerios y abrir con ese presupuesto diez o doce universidades estatales de élite. Algunas de ellas con facultades de medicina.  Con acceso igualitario en base a capacidad —no económica— y enseñanza al alcance de todos. Así se solucionaría la falta de oportunidades, así como el Estado defendería a los más necesitados del negocio especulativo de universidades. La oferta debe ser cualitativa y ahí la libre competencia.  Así ganamos todos.  

¿Saben los peruanos cuántos ministerios tenemos? ¿Se conoce que solo el Ministerio de Cultura tiene 1,500 empleados? ¿Acaso con ello se ha mejorado nuestro nivel cultural? . Es un tema en el que profundizaré en otra columna.

Lo que marca verdaderamente estos tiempos es la pandemia y la lucha por la supervivencia de varias generaciones. Y todos ellos —incluso el más de medio millar de policías fallecidos, así como un número elevado de médicos— merecen un lugar en la memoria colectiva, más allá de cualquier aprovechamiento político.

Saludo desde aquí a todos los peruanos, sin discriminación. Es momento de unir al Perú y no dividirlo. Todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, somos iguales.