Nuestra democracia sin partidos

La democracia, tal como aún la entendemos, sólo se salvará si continúan existiendo partidos responsables, si construimos una institucionalidad política más allá de las ambiciones, si somos capaces de mirar al futuro para construir un proyecto de Republica y seguir soñando con la entelequia de un Perú.

Entre la desinformación, el oportunismo y los aventureros ahora hay poco más de una veintena de fórmulas presidenciales y congresales. Una efervescencia poco comprensible, muchos aspirantes, ciudadanos y medios de comunicación en fiesta electorera; el Congreso es odiado, pero sin embargo es una cara aspiración cada proceso electoral. Flota nuevamente   una pregunta recurrente… ¿Por quién votar, si ninguno llena las expectativas?, todo el mundo quiere ser presidente en este país y esto genera una cantidad exorbitante de nuevos partidos políticos sin ideología o el resurgimiento de grupos tradicionalmente mafiosos o extraviados que representan la vieja política y el reciclaje de los personajes más oscuros y nefastos del país.

Estamos tan solo a pocos días de las elecciones generales, y resulta un poco chicha imaginar lo difícil que será la compresión de una cedula con más de 20 candidatos, ha de parecer más a un boleto de la tinka o bingo de feria. Descontando esta que, esta diversidad no reflejara precisamente un mayor nivel de democracia, sino la decadencia del sistema político, fraccionado, con poca representatividad y falta de liderazgos reales.

La experiencia de los últimos años ha demostrado en nuestro país, un partido tiende a desaparecer una vez que ha ocupado el poder Ejecutivo o ha conseguido algunos escaños. Como sucede con la izquierda que no puede asumir un compromiso de unidad   modernidad, cambia y uta incluso dentro de un mismo mandato, y se divide mas en torno a candidaturas personales. Mientras las derechas no son capaces tampoco de consolidarse mientras navegan en el mercantilismo.

Si hablamos de partidos políticos y caudillos, en nuestra fauna política, porque clase política ya no tenemos; abundan. Aquí cualquiera quiere ser presidente o congresista, desde eslizones morados hasta revolucionarias recicladas en nuevas constituciones. Nadie quiere ceder espacios a otros. Nadie propone con seriedad  ni construye con responsabilidad.

Ya sucede como siempre, todos los candidatos y sus seudo partidos tienen un avance bastante débil y muy parecido entre sí y en lugar de construir su esquema ideológico basado en argumentaciones racionales y de principios, aglutinan su existencia en frases torpes, construyen propuestas políticas en torno a argumentos ridículos y promesas imposibles de cumplir.  Partidos sin ideología concreta o con bases electorales que no entienden siquiera lo que es la palabra valores, partidos políticos que jamás realizan elecciones internas o debates internos, sino asambleas de partido para elegir de una sola vez a su caudillo predeterminado, y en algunos casos impuestos por la prensa y las encuestas   Tantos partidos políticos ¿para qué? si ni siquiera pueden conducir racionalmente el debate político nacional.

Estamos viviendo una «democracia sin partidos». Contra lo que pudiera parecer, Quiere decir, más bien, que éstos empiezan a transformarse en algo distinto de lo que conocíamos y a lo que estábamos habituados. Y es así porque el populismo -y, consecuentemente, el debilitamiento del sistema de partidos consolidado- ha irrumpido en muchos e importantes países del mundo occidental. Sólo hay que pensar en la victoria presidencial de Trump en 2016, conseguida, además, desde las mismas entrañas de una organización tradicional como el Partido Republicano, o en el Brexit, hecho insólito que se inscribe sin duda en la estela antieuropeísta del populismo, o la proliferación y el éxito electoral en el Viejo Continente de movimientos neofascistas (Amanecer Dorado en Grecia, los partidos xenófobos centroeuropeos y escandinavos) o de derecha intransigente (Le Pen en Francia, la Lega de Salvini en Italia o Vox en España). No faltan tampoco, para completar el cuadro, los partidos antisistema y ultraizquierdistas, como Podemos en España, Syriza en Grecia y, en menor medida, el M5S italiano.Merece mención especial el populismo de la izquierda Peruana, que bajo la premisa de segunda reforma agraria, cambio de constitución, aborto libre y segunda independencia pretenden dar colorido al carnaval electoral.

Como mencionara al principio, esto no quiere decir que en las democracias occidentales hayan desaparecido los partidos clásicos. Existen y en muchos países aún gobiernan, pero en un ambiente cada vez más hostil y sometidos a presiones ambientales -internas y externas- cada vez mayores. Y, sin embargo, es fundamental que las viejas formaciones políticas recuperen el aliento y el prestigio -la pérdida de los cuales en gran medida debe ser achacada a ellas mismas- que las llevó en su momento a liderar la sociedad desde la responsiviness (acogida de las demandas ciudadanas), atemperada por la responsability (la defensa del interés general más allá de las opiniones del momento). La muerte de la democracia representativa que prescriben los populistas, en aras de una supuesta democracia directa, lleva siempre -tenemos suficientes ejemplos de ello- a la polarización, el rechazo del pluralismo, la supresión fáctica de la división de poderes, el rechazo de las minorías y la desaparición de los mecanismos institucionales que garantizan la rendición de cuentas.

La partidocracia sin partidos es, sencillamente, el poder ilimitado de los partidos sin responsabilidad. La democracia, tal como aún la entendemos, sólo se salvará si continúan existiendo partidos responsables.

Ahora nos toca abrir un proceso de debate y reflexión en tiempos acotados respecto a nuestro futuro, por tanto, no son tiempos de descalificaciones, sino que de respeto mutuo y propuestas de país. Al respecto, y aunque todo indica que los partidos políticos no consiguen la credibilidad y legitimidad por parte de la ciudadanía, resulta menester que tanto los militantes de partidos, líderes de movimientos sociales, independientes y la gran mayoría de la ciudadanía adopten una actitud de entendimiento. Para que una vez electos congresistas y el mandatario presidente comprendan que deben contribuir a una visión de bien común.

Por ello, los partidos políticos, en momentos cruciales para las próximas décadas de la República, deben brindar los espacios entre sus filas a quienes contribuyan en el debate nacional con propuestas e ideas de país, además de permitir que independientes formulen sus planteamientos sin condicionamientos partidarios. Con dicha actitud sería posible que los partidos políticos, que resultan esenciales para una democracia, consigan algo de la legitimidad perdida.