El juez supremo Salas y la psicopatía electoral

El Twitter es un submundo elitista, como cuando me leen en Café Viena. El mundo de la Corte Suprema, su gloria y su suciedad, la comprensión elitista y huachafa de mayordomos, alfombras y adornos de diez dólares, también es un submundo.

Las elecciones presidenciales, congresales y del Parlamento Andino están a la vuelta de la esquina y, con un proceso enturbiado por la enmarañada participación de candidatos, cargado de ilusiones de Facebook más que verdaderas propuestas, los peruanos están próximos a vivirlo en medio del caos sanitario propiciado por la pandemia del Covid-19.

Sin embargo, en medio de esta turbulenta fiesta electoral que se avecina, tocaría preocuparse más por quién será el principal actor que liderará este proceso en abril próximo, y a qué intereses verdaderamente se debería evitar responda. El personaje recae en el arequipeño Jorge Luis Salas Arenas, un juez supremo que –a decir de sus detractores– padecería de algún tipo de psicopatía. Yo tengo algo parecido y no me avergüenzo.

Con un cuestionado pasado en la Academia Nacional de la Magistratura (AMAG), donde inicialmente fue miembro del Consejo Directivo y, posteriormente, llegó a ocupar la presidencia tras la designación de Pablo Chávarry como Fiscal de la Nación, a su paso Salas Arenas tuvo en el jurista y políglota Luis Pacheco Mandujano a su más duro crítico, a quien laboralmente atropelló cuando ocupó el cargo de gerente, recibiendo como dura respuesta que era un juez supremo que padecía de un trastorno mental.

Para recordar un poco, Salas Arenas es quien —aplaudido por un sector de la población— no hace mucho terminaría cobrando su revancha con el extraditable César Hinostroza (tras su juego en pared con Chávarry) y quien dio marcha atrás al indulto concedido al expresidente Alberto Fuimori por el gobierno de Kuczynski.

Pero, Salas quizá olvida que años atrás, allá por 2012, fue duramente criticado junto a otros magistrados como Javier Villa Stein y Segundo Morales Parraguez, tras favorecer con su fallo a los integrantes del grupo Colina y a Vladimiro Montesinos, al reducirles la pena. Esto a la postre les costó un pedido de destitución y una denuncia formulada por los organismos de Derechos Humanos en el país ante el desactivado Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), donde se le imputaron 12 cargos.

En fin, llegó 2020 y fue a finales de este año, con un marcado pasado, y que pareciera non santo por los cuestionamientos y rivalidades cosechadas en la AMAG, el juez supremo Salas resultó elegido para ocupar la presidencia del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), gracias al respaldo de la Sala Plena de la Corte Suprema. Allí estará en el ente electoral hasta el año 2024. Se comenta que César San Martín encabezó este elegante destierro para Salas.

Empero, a solo meses de haber ingresado a este organismo electoral, la gestión de Salas Arenas ha dado las primeras pinceladas de cómo se irá conduciendo el proceso rumbo a abril próximo; como recortándole la cancha a algunos políticos como César Acuña Peralta al frente de Alianza Para el Progreso o poniéndole zancadillas al propio Partido Aprista, cuyos candidatos han visto frustradas sus aspiraciones de participar en la contienda.   

No, en cambio, su gestión ha dado las mismas muestras de esta singular postura para el presidente Francisco Sagasti, quien lejos de renunciar al cargo, para darle total transparencia eficacia al proceso, continúa integrando la plancha presidencial por el partido de Julio Guzmán.

Sin duda, con Salas a la cabeza, pareciera se nos vienen tiempos duros, de cuestionamientos tan similares como los ocurridos no hace mucho en la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), con idas y venidas que, en definitiva, terminarán enturbiando el proceso electoral.