Elegía para José Gabriel, «el Inka liberal”

Suman ya 240 años de la ejecución del rebelde  Jose Gabriel, Hijo del cacique Miguel Condorcanqui, se dice que nació en  Surimana o quizá en Tungasuca hacia 1738, y se educó con los jesuitas en el Colegio de San Bernardo de Cuzco. Realizo estudios jurídicos en la universidad de Chuquisaca. Durante un tiempo se dedicó al negocio del transporte entre las localidades de Tungasuca, Potosí y Lima, para lo cual contó con un contingente de varios centenares de mulas; hizo también fortuna en negocios de minería y tierras.

Hombre educado y carismático, llegó a ser cacique de Tungasuca, Surimana y Pampamarca, y las autoridades reales le concedieron el título de marqués de Oropesa. José Gabriel Condorcanqui adoptó el nombre de su ancestro Túpac Amaru I (razón por la que sería conocido como Túpac Amaru II) como símbolo de rebeldía contra los colonizadores.

Se presentó como restaurador y legítimo heredero de la dinastía inca, se proclamó rey de los Incas y envió emisarios para extender la rebelión por todo el Perú. El levantamiento se dirigía contra las autoridades españolas locales, manteniendo al principio la ficción de lealtad al rey Carlos III. Sin embargo, no solamente los insistentes abusos de los corregidores, sino también la dureza de algunas de las recientes medidas impulsadas por la misma monarquía española (y las cargas económicas que implicaron para la población indígena) fueron el motor de la sublevación de Túpac Amaru II.

Su prestigio entre los indios y mestizos le permitió encabezar una rebelión contra las autoridades españolas del Perú en 1780; dicha rebelión (precedida por otras similares) estalló por el descontento de la población contra los abusos de los corregidores y contra los tributos, el reparto de mercaderías y las prestaciones obligatorias de trabajo que imponían los españoles (mitas y obrajes). Hacia 1780, el sistema colonial español se asentaba en la brutal explotación de la masa indígena.

Los abusos a los  indios. Los indígenas de 18 a 50 años estaban obligados a pagar un tributo a la Corona, y debían cumplir con la mita, régimen de trabajo obligatorio en obras de «utilidad pública», en particular en las minas de Potosí. Las minas y los obrajes, especie de primitivas fábricas textiles, fueron el centro del odio indígena por la feroz explotación de su mano de obra.

En el siglo XVII se introdujo el régimen de «repartimiento de efectos», para conseguir una mano de obra segura. Para imponerlo se reforzó el papel de los corregidores, cabeza del poder colonial en las provincias. Con el reparto forzoso de mercancías se quebraba el régimen de auto subsistencia de los productores, quienes tenían que aceptar los productos que les vendían y entregar fuerza de trabajo para poder pagar las mercancías que se les habían repartido. «El volumen de repartimientos se triplicó entre los años 1754 y 1780, pasando de 1.224.198 pesos a 3.672.324 pesos» (Golte, Jurgen: Repartos y rebeliones, Instituto de Estudios Peruanos, 1980.)

Esta inmensa confiscación valorizó como nunca el papel de los corregidores. El valor de estos cargos, que se compraban desde antes de los «repartimientos», se multiplicó por cuatro entre principios y fines del siglo XVIII. Los grandes comerciantes de Lima, que eran proveedores de las mercancías que se les imponían a los indios, prestaban a los corregidores los fondos necesarios para comprar sus cargos y financiaban sus adquisiciones.

Los españoles impusieron la localización forzada de las comunidades indígenas en pueblos que llamaron «reducciones». El objetivo era facilitar la explotación y la regimentación social y, a la vez, apropiarse de las dilatadas tierras de los  indios que habían escapado al despojo inicial.

Todo el edificio del régimen colonial se asentó en esta explotación, y todas las clases y sectores sociales —hacendados, comerciantes, curas— disputaban el excedente producido por la gran masa indígena.

Para mantener el sometimiento de esa masa de explotados, los españoles adoptaron la antigua organización incaica en su escalón inferior, preservando el ayllu —una comunidad de familias, de veinte a cuarenta— y su gobierno, a cargo de un cacique (o curaca) que aceptara convertirse en auxiliar de la autoridad hispana, colaborador en el cobro de los tributos y en los «repartos». Por esta razón, los caciques estaban eximidos del tributo y de la mita, recibían instrucción y se les reconocía el derecho de petición en nombre de su comunidad. Por esa razón, a la vez, existía una diferenciación social entre el indígena y el cacique sólo atenuado por el hecho de que éste, fuera de la comunidad, era un escalón inferior de la sociedad colonial.

Los españoles europeos mantuvieron férreamente el control de este régimen social y político hasta mediados del siglo XVIII, momento en el que comenzaron a sufrir la oposición de los grandes propietarios criollos que habían logrado conquistar posiciones económicas a partir de su papel en la exportación, pero sólo habían logrado acceder a limitados ámbitos de representación, básicamente en los cabildos. Entre la gran masa indígena y la minoría de grandes propietarios (españoles o criollos) existía una masa de artesanos, pequeños comerciantes y arrieros, en gran parte mestizos, que constituían la masa plebeya de las ciudades de entonces (el mestizo, mezcla de indio y blanco, tenía vedado el acceso a la enseñanza, a los empleos públicos, al sacerdocio y al uso de armas).

Las reformas de Fernando III.

Los levantamientos de finales del siglo XVIII, en especial en las regiones con una fuerte presencia indígena, fueron el preludio de la descomposición del imperio español en América. Debido a la penuria en que se hallaban las arcas públicas a causa de los conflictos internacionales, la corona española impuso una carga fiscal excesiva en sus dominios americanos. El despliegue reformista que transformó el viejo orden colonial entre los años 1776 y 1787, período en que José de Gálvez ocupó la Secretaría de Indias, tuvo consecuencias divergentes en los distintos territorios. En general, las nuevas medidas favorecieron el crecimiento de las economías portuarias vinculadas al comercio con España. Buenos Aires en el atlántico quizás fue la ciudad más  beneficiada.

En cambio, sobre las regiones que habían sido hasta entonces centros neurálgicos del imperio, como Perú, el impacto fue más bien negativo. Las ciudades sufrieron un claro retroceso, como muestra el estancamiento de Lima, y se desencadenó una crisis económica, con caída de la industria y de la circulación monetaria, así como una gran inquietud social a causa de la fuerte presión fiscal, que castigó duramente a las clases campesinas y urbanas, atrapadas entre el descenso de sus ingresos y el alza de los precios. Las poblaciones indígenas, el eslabón más débil del sistema económico, no podían cumplir con estas imposiciones; sufrieron los abusos de los corregidores, y no encontrarían otro camino que enfrentarse a esa opresión con métodos violentos. (Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Túpac Amaru. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España)

La Ejecución de Túpac Amaru.

Apenas un mes antes de ser derrotado, Túpac Amaru envió una carta a las autoridades coloniales en la que expresaba tanto su preocupación por la situación de sus protegidos como su posición ideológica. En dicha misiva se aprecia la amplitud de sus conocimientos; se declara católico, recuerda la acción de Vespasiano y su hijo Tito en la destrucción de Jerusalén, y compara a sus opresores con «ateístas, calvinistas y luteranos, enemigos de Dios»; detalla los abusos cometidos por los funcionarios, pide que los indígenas no sean reclutados como esclavos y que desaparezcan los malos corregidores y las encomiendas. Tras una minuciosa denuncia en torno a cada uno de los problemas planteados, basa su reclamación de justicia en el derecho indiano, del que era profundo conocedor, ya que había cursado estudios jurídicos en la Universidad de Chuquisaca.

La rebelión de Túpac Amaru, constituye una repercusión  de la emancipación americana. Tan solo 4 años antes del alzamiento de Túpac Amaru, en 1776, era proclamada  la «Declaración unánime de los trece estados de América» punto de partida de la independencia de EEUU, proceso que para muchos representa un profundo cambio de conciencia en las clases opuestas al imperio, de clara inspiración liberal  y fue un factor de inspiración en la América India del Sur.

En la noche del 5 al 6 de abril de 1781, el ejército virreinal asestó el golpe definitivo a los sublevados en la batalla de Checacupe. Túpac Amaru II se retiró a Combapata, pero fue traicionado por el criollo Francisco Santa Cruz, que lo entregó a los realistas junto con su familia. Para el líder de los rebeldes estaban reservadas, en los días que mediaron entre su captura y su ejecución, las torturas mandadas ejecutar por el implacable visitador José Antonio de Areche, cuya misión consistía en averiguar los nombres de los cómplices del vencido caudillo. Sin embargo, pese a los pocos miramientos que tuvo para con el prisionero, no obtuvo de Túpac Amaru sino esta noble respuesta: «Nosotros somos los únicos conspiradores: Vuestra Merced por haber agobiado al país con exacciones insoportables y yo por haber querido librar al pueblo de semejante tiranía.»

El 18 de mayo de 1781, conforme a la sentencia dictada cuatro días antes, el visitador Areche mandó ejecutar sañudamente, en presencia de Túpac Amaru, a la esposa, hijos y otros familiares y lugartenientes del cabecilla en la plaza de Cuzco. El propio Areche hubo de conceder que Túpac Amaru era «un espíritu de naturaleza muy robusta y de serenidad imponderable». Ello no fue óbice para que a continuación, convencido de que nunca lograría convertir a Túpac Amaru en delator, mandase al verdugo que le cortara la lengua, que le atasen las extremidades a gruesas cuerdas para que tirasen de ellas cuatro caballos y que se procediera a la descuartización. Así se hizo, pero las bestias no consiguieron durante largo rato desmembrar a la imponente víctima, por lo que Areche, según algunos piadosamente, según otros más airado que compadecido, decidió acabar con el inhumano espectáculo de la tortura ordenando que le cortaran la cabeza.

Cumplida la sentencia, se envió cada parte de su cuerpo a un pueblo de la zona rebelde, en un intento de dar a la ejecución un valor ejemplarizante. Aunque la revuelta continuó durante algún tiempo más (encabezada por un primo y un sobrino de Túpac Amaru) y algunas otras le siguieron, ninguna llegaría a revestir especial gravedad, y en este sentido la muerte de Túpac Amaru marcó el fin de un ciclo de levantamientos indígenas anticoloniales.

 Durante mucho tiempo algunos historiadores situaron en esta rebelión el inicio de la independencia del Perú; hoy posiblemente no se pueda ser tan enfático, puesto que se debe tener en cuenta que en el proceso de independencia intervinieron otros factores, como la conciencia de los criollos acerca de sus derechos de autogobierno. En cualquier caso, es innegable que el levantamiento de Túpac Amaru II tuvo un carácter plural, ya que en sus filas confluyeron indígenas, mestizos, criollos e incluso españoles, una integración que fue un paso importante para el logro de la futura emancipación. (Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Túpac Amaru. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España).

La Gesta libertadora  de Túpac Amaru no fue nunca una rebelión “protomarxista” y él jamás fue un caudillo populista con un discurso estatista e indigenista. La rebelión en 1780 y 1781 fue de inspiración liberal. Condorcanqui y sus seguidores exigían de España tributos bajos, libertad de imprenta, libre comercio en las provincias y fin de la mita minera. El rebelde, además, exigía que el régimen colonial reconociera verdaderamente  los derechos nobiliarios que Madrid le otorgaba.

La libertad que  demando Túpac Amaru encendió la lucha por la independencia en toda América del Sur.Tras el fracaso de la revuelta, que ha sido vista como el preludio de las luchas por la independencia. Las rebeliones indígenas prosiguieron durante dos años en diversas regiones del país, y obligaron a las autoridades a introducir poco más que algunas reformas. Pero el nombre de Túpac Amaru se convirtió en símbolo y bandera para posteriores insurrecciones indígenas y criollas; de manera errada y distorsionando su esencia, en el siglo XX diversos movimientos guerrilleros revolucionarios de izquierda  han pretendido reivindicar su figura.

Lo cierto es que  fue un liberal y visionario de su época.