Castillo monseñor; no el “prosor”

En los dos últimos meses de marzo, sucedieron dos hechos no concatenados: En marzo de 2019 se consagró obispo al sacerdote Carlos Castillo en Lima, y en marzo de 2020 se inició en el Perú la pandemia del COVID-19.

El nuevo Obispo, exalumno de la universidad jesuita de Roma, debe de haber contado con la palanca jesuita para obtener “el juicio sobre su idoneidad” como reza el artículo (canon) 378 del Código de Derecho Canónico para alcanzar la jerarquía episcopal. A alguien le pareció que el cura Castillo era el adecuado para sustituir a Monseñor Cipriani.

Pero por sus frutos en el timón de la Iglesia de Lima, parecería que faltó examinarle adecuadamente sobre las otras exigencias: La firmeza en la fe, en las buenas costumbres, la piedad, el celo por las almas, sabiduría, prudencia y virtudes humanas.

Como Arzobispo, Castillo es como un monarca, porque concentra todos los poderes en sí para gobernar sólo en los distritos tradicionales de Lima (no en los Conos, ni en el Este, ni el Callao). Concentra en sí el legislativo, el ejecutivo y el judicial, con la finalidad de defender la unidad de la Iglesia. Similar a las monarquías, que es la forma de gobierno para las sociedades temporales, que aseguran la unidad nacional.

Sin embargo, el Obispo Castillo, debido a sus inclinaciones partidarias e ideológicas, personales (no del cargo) y subjetivas (carentes de ciencia y metafísica), unida a su imprudencia de confundir planos y dimensiones; altera inconvenientemente la unidad de la grey a él confiada. Lo que es muy grave.

Al Monseñor Castillo no se le vio y nunca se le escuchó, porque no se atrevió a alzar su voz, para reclamar durante la vigencia de las absurdas y contrapuestas normas del estado de emergencia sanitario. Dejando abandonada la grey de Lima (porque no le corresponde otra de las más de 60 circunscripciones eclesiásticas existentes en el Perú), e incumpliendo el artículo 387 del Código de Derecho Canónico. Y, como consecuencia, dejó sin administración de sacramentos a los católicos limeños. Nuestra religión es de signos visibles que representan realidades invisibles, es religión de sacramentos que al administrarse operan realmente lo que significan: El bautismo lava el pecado y la confesión los perdona, la eucaristía alimenta espiritualmente y el matrimonio califica a los novios para asumir su nueva vida y compromiso. Todo esto y más, no puede ser sustituido por una proyección de imágenes por algún software de videochats. Durante año y medio la Iglesia Católica limeña ha languidecido sin sacramentos. Y, su jefe responsable, mudo.

Eso sí, Castillo se le salió la autoridad frente a los sacerdotes que legítimamente desobedecieron la infame ley civil, y se atrevieron a dar sacramentos a los necesitados.

El Papa Francisco sostuvo en marzo del 2019 que “Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes. Por eso, los invito a que vivan su fe con gran libertad. Sin creer jamás que existe una única forma de compromiso político para los católicos”. Monseñor Castillo ha elegido ubicarse en una distancia sideral del Papa: Ha sostenido que el “prosor” Castillo es católico porque reza a la Virgen del Carmen: Es falso, no es católico, es comunista ateo. Ha encubierto el gran fraude electoral y exige públicamente no tardar más en proclamar a los políticos traferos como ganadores. Castillo, el monseñor, no el “prosor” salió contra Merino para apoyar a Sagasti.

Qué lástima por la persona de Castillo, porque para los fieles de Lima, será una Hora de soportar santamente a un jefe ilegitimado en su ejercicio. Qué lástima que se parezca más bien al ex-cura Arana, que dejó el sacerdocio enceguecido por la experiencia político partidaria en las izquierdas que tanto daño hacen al Perú, y no siga la rectitud que le corresponde.