Libertad de prensa y censura: no alimentemos al monstruo

Cuando se habla de libertad de prensa, muchos creen que ese término se refiere a la “libertad de la prensa”, refiriéndose al gremio periodístico. Incluso, hay quienes suponen que solo alude y solo puede aludir, de manera restrictiva, a los periodistas profesionales, aquellos graduados de alguna institución académica, mas no a quienes lo hacen de manera empírica o autodidáctica, como oficio o como ocupación eventual.

Peor todavía, hay quienes suponen que el término “libertad de prensa” abarca solo los contenidos periodísticos, cuando en realidad incluye todo tipo de contenido: publicitario, literario, científico, académico, cinematográfico, filosófico, de divulgación.

Y en esa imprecisión, los gobiernos autoritarios encuentran el mejor escenario para cercenar las libertades individuales de los ciudadanos referidas a la información, opinión y expresión del pensamiento.

En primer término, constitucionalmente hablando, no existe una “libertad de prensa” especial y diferenciada de las libertades individuales señaladas, como un privilegio gremial. Es más, la definición constitucional, que recoge la terminología internacional, no habla de “libertad de prensa” sino –para evitar ambigüedades o restricciones donde no las hay– de las libertades de expresión, opinión, información y difusión del pensamiento por cualquier medio o plataforma, agregando una más por si quedasen dudas de que se trata de un ejercicio idéntico para ciudadanos comunes y para periodistas de profesión u oficio: la libertad de fundar medios de comunicación.

¿Entonces, por qué se llama “libertad de prensa” si no se refiere a los medios de prensa o a los contenidos periodísticos? La explicación la encontramos en la historia: el término “prensa” es equivalente al término “imprenta”, puesto que esta tecnología, aparecida en 1440, adaptó originalmente las prensas utilizadas en la industria vitivinícola para aplastar las uvas y las aplicó a la presión en una superficie plana de los tipos sobre el papel.

Durante dos siglos, mientras las publicaciones periódicas van tomando forma hasta aparecer el periódico propiamente dicho, alrededor de 1650, con las características de periodicidad (ya no aparecen esporádicamente sin regularidad) y un editor responsable (no son más anónimas, los productores se hacen cargo de lo que escriben), la prensa o imprenta sigue produciendo principalmente las publicaciones que hasta ese momento habían sido el medio de información, expresión, opinión y difusión por excelencia: el libro.

Pero como sabemos, esos son los años en que precisamente se van a configurar las sociedades modernas, y en que ciertos procesos más o menos globales –esto es el Humanismo como expresión intelectual, el Renacimiento como expresión artística y la Reforma como expresión ideológico-religiosa– van a dar a luz nuevas concepciones que desembocarán en el Racionalismo, la Ilustración y las revoluciones burguesas, cuando la humanidad se encamina del vasallaje y la condición de súbdito a la plena ciudadanía.

Este proceso sería difícil de comprender sin el papel de la imprenta o prensa, plataforma tecnológica que permitió desarrollar y defender esas ideas, no sin oposición de los estados absolutos que dominaban el escenario geopolítico en ese momento. Primero se hizo a través del libro; luego vendrían los periódicos y revistas. Y en ese proceso de ebullición de ideas, hay una que va tomando cuerpo a medida que los individuos van comprendiendo su rol protagónico en las transformaciones hacia la ciudadanía plena: nadie, ni la iglesia ni el Estado ni el rey, tendrían que evaluar los contenidos impresos antes de ser publicados.

A esa idea es la que se termina denominando “libertad de prensa”: la libertad de que todas las personas, ahora ciudadanas, puedan publicar sus pensamientos (contenidos) sin censura previa, como ocurría hasta entonces cuando se tenía que obtener autorización para imprimir un libro.

Por supuesto, esa “libertad de prensa” no se consiguió de la noche a la mañana, porque siempre existieron en las sociedades corrientes de pensamiento que consideraron “peligrosa” esa libertad, instigadora de ideologías perniciosas y libertinaje moral, promotora de rebeliones y malas costumbres, y hasta perpetradoras de crímenes de opinión contra el Estado y la autoridad.

Conquistar la libertad de prensa ha sido y es un proceso difícil y de todos los días.

Detrás de esos presuntos peligros sociales se agazapaba, por supuesto, el verdadero temor: que el ciudadano común deje de pensar como vasallo, como súbdito, y empiece a pensar por su cuenta como ciudadano responsable de su propio destino y el de su país (pensamiento crítico), e intente participar en la vida política de su respectiva nación. Porque un ciudadano capaz de ese ejercicio difícilmente será un tonto útil, objeto de manipulación y sometimiento.

En medio de ese proceso es que nace el ejercicio periodístico, desarrollado principalmente por escritores e intelectuales de distintos campos, que encuentran satisfacción en la divulgación libre de la información en general y de los contenidos periodísticos en particular.

Periodistas profesionales no existían. Y el desarrollo de los códigos de conducta ética bajo los cuales se desenvolverían los nacientes periodistas (llamados entonces también publicistas) y todo ciudadano que ejerce sus libertades, precisamente para contrarrestar el peligro de exceso en el ejercicio de la libertad de prensa, se fueron dando paso poco a poco, debatiéndose en los parlamentos e incorporándose en la tradición periodística.

Porque en sus casi 400 años de historia, el periodismo ha aprendido a través del ensayo-error. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa y los movimientos independentistas latinoamericanos, primer periodo de su devenir en que el periodismo desarrolló fundamentalmente los géneros de opinión, aprendió los límites entre opinar y hacer propaganda, a veces de manera muy dura, como ocurrió con Marat y su periódico El Amigo del Pueblo: tras publicar listados de supuestos “contrarrevolucionarios” que terminaron en la guillotina, él mismo acabó asesinado por apoyar el régimen del Terror.

Y es que el periodismo fue comprendiendo su delicado papel en las dinámicas sociales y el desarrollo de la cultura democrática, toda vez que las limitaciones tecnológicas de la época (las imprentas habían evolucionado hacia 1830 hasta permitir grandes tiradas de un día para otro, inaugurando la era de oro de los diarios, pero seguían requiriendo enormes capitales) impedían al ciudadano común hacer realidad el ejercicio de sus libertades por mano propia en lo que a contenidos periodísticos se refiere. Además, el analfabetismo era todavía muy grande; para 1867, Perú tenía un índice de 87 por ciento de analfabetos.

Esa circunstancia permitió la progresiva profesionalización del periodismo, que llegará en las primeras décadas del siglo XX y se acelerará a partir de los años 1960 en todo el mundo. Pero antes de ello, el periodismo había desarrollado un corpus propio de conocimientos, una manera de obtener la información, procesarla, elaborarla literariamente y publicarla, así como un modo de comercializar las publicaciones sin comprometer los contenidos, sobre todo luego de aparecer la publicidad, a la que tendrá que demarcar el territorio como antes hizo con la propaganda. Lo que harían las escuelas sería sistematizar esa tradición, teorizar sobre ella y proponer nuevos caminos.

Sin embargo, este proceso –admirable, por cierto– condujo en algunos casos a una mala interpretación del rol periodístico por parte de los nuevos gremios profesionalizados. Construido el periodismo sobre el terreno de las libertades de expresión, opinión, información y difusión de todos los ciudadanos, el inquilino se sintió propietario y en muchos casos pasó a reclamar el uso exclusivo de este predio público. Una pretensión de la legislación internacional mayoritaria y las opiniones de la autoridad constitucional ha desestimado una y otra vez por obvias razones.

La libertad de prensa no es la libertad “de la prensa”, sino la libertad de los ciudadanos de ejercer sus libertades sin censura previa de nadie y sin que nadie pretenda adueñarse del encargo que, provisionalmente, la ciudadanía hizo a los periodistas. Porque hoy, la tecnología digital y el internet han hecho realidad el antiguo sueño democrático de que cada ciudadano pudiera ejercer su libertad de prensa sin necesidad de intermediarios, e incluso de forjar sus propios medios de comunicación, que, gracias a estas tecnologías, pueden ser gratuitos. Lo que la academia ha pasado a llamar “periodismo ciudadano”, a veces despectivamente.

Es cierto: la inexperiencia de la ciudadanía en el ejercicio de su libertad de prensa lo ha llevado a cometer errores. La proliferación de fake news, publicidad encubierta, delitos contra el honor y la buena reputación o contenidos maliciosos, entre otros excesos que se cometen a través de las redes sociales, dan cuenta de que los ciudadanos en general no saben aún hacer uso de su libertad; pero, vamos, que apenas las redes sociales si llegan a las dos décadas y los medios electrónicos al cuarto de siglo.

Que el periodismo profesional tampoco se rasgue las vestiduras, que no fueron precisamente sus aciertos éticos y su visión de futuro los que lo han conducido a la crisis que vive hoy. Por ejemplo, haberse dejado seducir por el modelo de negocio basado en la venta de publicidad, a la que le terminó vendiendo el alma, hipotecando contenidos y lanzando al bote de basura todo el prestigio construido en siglos.

Por eso, su rol hoy no tendría que ser el de la absurda pretensión colegiada de detentar el uso exclusivo de la libertad de prensa bajo pretextos pueriles. Distinguir donde la ley no distingue, tercerizar donde la Constitución no terceriza, cercenar derechos ciudadanos. Su rol hoy debe ser docente, el de un ejercicio profesional que le retribuye a la sociedad por el encargo recibido con toda la experiencia lograda y sabiduría cosechada.

Porque todos los periodismos: el profesional, el empírico, el autodidáctico, el ciudadano (youtubers, blogers, microblogers, podcasters, influencers, videoblogers, tiktokers, etcétera), lo que yo llamo “la fauna de la información”, requieren hoy cerrar filas ante el verdadero y viejo enemigo de la libertad de prensa de los ciudadanos: la censura previa de los contenidos.

Apelando a los mismos fantasmas del pasado, hoy las fuerzas retrógradas difunden discursos destinados a generar una atmósfera favorable a la censura, so pretexto de los abusos que se pueden cometer en el ejercicio de las libertades de expresión, opinión información, difusión y fundación de medios garantizadas en el artículo 2, inciso 4, de nuestra Constitución. No hay que dejarse engañar: esos cantos de sirena provienen de las profundidades y aprovechan la inexperiencia en materia comunicativa de las nuevas especies informativas digitales y el semianalfabetismo constitucional de nuestros ciudadanos, para azuzarlos en contra de los medios periodísticos tradicionales.

Cuando consigan derribarlos a ellos (que, con todos sus defectos y errores, históricamente han sido baluartes de las libertades ciudadanas, su último bastión), irán por ustedes, no lo duden. Por ti, tuitero, por ti tiktoker. Así ha sido siempre, así seguirá siendo. Pues lo que a los autócratas realmente les interesa no es el bienestar de los ciudadanos, su cultura o educación, sino despejar su camino de críticas y voces peligrosas por disidentes, por rebeldes, por inconformes. Voces realmente ciudadanas que piensan por su cuenta.

Leyes tenemos para frenar los excesos de los periodistas de todas las canteras. Caminos democráticos para hacerle frente a la desinformación o malinformación. Por eso, la narrativa del supuesto monopolio de la información a cargo de un grupo mediático (la famosa “concentración” sobre la que ha concentrado el bombardeo) ni se corresponde con la realidad, porque la diversidad informativa es abrumadora, ni tiene otro propósito que allanar el camino al silenciamiento. Por eso la narrativa de la “pseudo libertad de expresión” con la que pretenden censurar contenidos y cerrar espacios no es más que el primer paso de la mordaza.

Las recientes bravatas mediáticas del nuevo régimen, su desprecio por la labor periodística, su maltrato a los hombres de prensa, su hermetismo que atropella la libertad de información, no es un atropello a los periodistas nada más, que pueden ser o no de nuestro agrado, sino una falta de respeto y un desprecio también a toda la ciudadanía. Los periodistas también son ciudadanos; cuidado con reírse y celebrar la matonería gubernamental, cuidado con alimentar al monstruo.

Todos los periodismos debemos estar alertas y, sin dejar las posiciones críticas o antagónicas, cerrar filas en torno de las libertades de expresión, información, opinión y difusión del pensamiento. Caso contrario, si estas libertades no son eso: libres, no son libertades, y eso nos coloca como sociedad a un paso de dejar la ciudadanía plena y democrática para pasar, nuevamente, a la condición de súbditos.

(*) Emma Cadenas Mujica (Lima, 1966) es una periodista, escritora, docente, teóloga y cantautora peruana transgénero. Se declara anarcolibertaria. Ha publicado novelas, poemarios, libros de gastronomía y teología. Ha sido directora y editora general de distintos diarios, revistas y periódicos digitales los últimos treinta años y enseña Periodismo hace veinte años. También ha sido productora y conductora en distintas televisoras. Hoy es guionista de Contracorriente (Willax TV), conduce el espacio digital Sin Maquillaje y dirige el portal La Yema del Gusto. Como experta pisquera, es creadora y directora de la Semana del Chilcano. Alista dos publicaciones en 2021: Emma frente al espejo (crónica autobiográfica) y Jesús LGTBIQ+ (ensayo de divulgación teológica), y una producción discográfica: Grito de Valkyria.