Al fin…

Hoy ha muerto el feroz colonizador de las mentes frágiles, cuya deuda social solo es comparable con las de los genocidas, que, con insensibilidad, y crueldad fueron causa del dolor más extremo que pueda sufrir un ser humano.

El execrable asesinato a mansalva, unas veces selectivo y otras, perpetrado al azar, tiñó de sangre el territorio peruano, algo que nunca podrá olvidarse, algo que avergüenza la naturaleza humana, algo que es reprobable en todo idioma en toda cultura, en todo pueblo que se mantiene sobrio y que goza de buena salud mental.

Ya empezó el olvido de su nombre, a partir de hoy será innombrable en respeto a la memoria de quienes fueron sus víctimas, y en solidaridad con los deudos que llevan todavía, el luto en su corazón.

El óbito ya dejará de ser mantenido por la sociedad a la que hirió en sus sentimientos más nobles, pero la escuela del parasitismo social emprendido por los alienados del marxismo y sus variantes, queda pendiente de controlar para el bien general de las naciones. Hay que celebrar, cada vez que se pueda respirar con alivio, cuando muere un criminal.