Murió Abimael, pero…

Murió Abimael Guzmán, pero el Perú aún no vive ni en paz ni en seguridad, elementos sustanciales que componen el bien común, el fin de la sociedad política.

De la vida del hombre en la tierra, y del sentido de la Historia, acaecen conjeturas, dilemas, aporías y… la Mano de Dios que compensa la ineficacia de la acción humana. Esto último se constata con cierta periodicidad en el Perú.

Cuando aún no cumplen un mes y medio en el Gobierno del Estado peruano, los procreados ideológicamente por el sanguinario “camarada Gonzalo”, éste fallece en vísperas de haber cumplido 29 años preso, a causa de los horrendos crímenes cometidos por su organización, el Partido Comunista del Perú (PCdelP), el cual tiene (tuvo) sinonimias con otros agrupamientos políticos marxistas-maoístas o pekineses. Circunstancia que a quienes gustan del uso de apodos, aplicaron la “chapa” de “Sendero Luminoso” a este partido marxista-guzmanizo, en realidad ocultaron la denominación (y la identidad comunista) de estos criminales que delinquen por motivación ideológica.

Es curioso que aún haya en el Perú (y más de lo que se podría uno imaginar) algunos o muchos que creen en la posibilidad del entendimiento y el logro de un consenso para la gobernabilidad, para pactar con el actual gobierno del Perú, que es un entramado bicéfalo. De un lado, integrado por el partido comunista Perú Libre, de innegables reminiscencias con el influjo “senderista”; y, de otro lado, por la organización sindicalista revolucionaria “Sutep facción Conare”, vinculada a la malla organizacional abimaelina, según se acusa en la web oficial del Sutep, de influjos por el Partido Comunista del Perú (el que publica el impreso periódico “Patria Roja”) acérrimo competidor del PCdelP abimaelino.

 El empoderamiento de ambas organizaciones marxistas, padece de ilegitimidad de origen, pues, el voto ciudadano fue cohonestado por un tribunal electoral incompleto por falta de representante elegido por los abogados, ilegal en su composición por sustitución del representante del Ministerio Público, y de práctica constante y abusiva del voto dirimente presidencial. Además, inobservante del debido proceso al no admitir la prueba de cotejo de firmas de los electores objeto del fraude, que fue ofrecida con oportunidad procesal y la conformidad del representante del Ministerio Público. El sainete de la justicia electoral tuvo por finalidad conceder el triunfo electoral a esas dos facciones comunistas. Tal inobservancia del artículo constitucionales 176°, produce los efectos de fraude (el engaño para conseguir un beneficio), que lamentablemente no fue correctamente sustentado ante la comunidad internacional (como es verificable con los países de la Unión Europea) que han reconocido al gobierno ilegal e ilegítimo de Castillo.

Ha habido varios intentos de marxistas por llegar al poder, combinando la vía electoral o la revolucionaria. Así, en 1962 el binomio de un militar de izquierdas y un cura comunista, Pando y Bolo, incursionó electoralmente, con el Frente de Liberación Nacional, pero sin éxito. Tiempo después, el cura Bolo volvería al redil de la serenidad y la redención de la ideología alienante que lo desquició. Pero, en el último medio siglo, algunas de las actuales generaciones sí hemos sufrido gobernantes marxistas: De 1968 a 1975 el golpismo militar velasquista devastador de la Nación, que llevó al partido comunista moscovita a la cima del control sindical del país, y a los cuadros socialistas variopintos a las ubres del Estado; desapareció la propiedad privada en el agro, la pesca y la minería, y se restringió en la industria manufacturera; se ideologizó la educación arruinando hasta hoy la educación estatal. En 1984 la Ciudad de Lima tuvo un alcalde marxista, Alfonso Barrantes, cuya fracasada aspiración en constituirse presidente de la República, en las elecciones de 1985, terminó con sus intenciones. Luego, en distintas regiones y municipalidades, hemos tenido (o sufrido) la instalación de gobiernos de toda la gama de los socialismos, así como ilustres prontuariados.

La paradoja es que volvemos a estar bajo un gobierno socialista, de variamente marxista, estructuralmente vinculado a organizaciones políticas que no han abjurado de sus inclinaciones por las vías violentas.

En este contexto del actual gobierno, es pertinente hacer una referencia al nazismo y al fascismo, que ideológicamente pertenecen a la categoría de socialistas, por su concepción materialista de la persona y la visión estatista de gobierno. Ambos han sido duramente condenados por la Doctrina Social de la Iglesia, cuya observancia es moralmente obligatoria para los que somos católicos. Pero, son presentados como opciones de derecha por la prédica de las opciones socialistas opuestas, y también por algunos sectores anticomunistas desinformados. Por eso no extraña que algunos “nacionalistas” se sientan convocados a cooperar o simpatizar con el gobierno socialista marxista de Castillo-Cerrón.

El primer gobierno democrático que coqueteó con el partido comunista de su tiempo, fue el del liberal Manuel Prado, en su primera administración (1939-1945). Los comunistas de entonces disfrutaron del bienestar que el Estado da a quienes buscan como satisfacción ocupar curules y aprovechar prebendas. Así, Prado, pasó a ser apodado “el Stalin peruano” por los propios comunistas.

Esta reminiscencia de Prado, trae a colación su fama de personaje “salado”, porque se le atribuían desgracias naturales (terremotos, inundaciones por doquier, etc.). Esta “sal” parece acompañar al gobierno bicéfalo Castillo-Cerrón, aunque por el bien del Perú. Porque no consiguen el alineamiento de condiciones que favorezcan a su agenda ideologizada, radical y ultrarrevolucionaria. Y, porque son jaqueados constantemente por el sector comunista gramsciano (los “caviares”), quejosos cotidianos por no haber obtenido la cuota de poder que esperaban, lo que significa un difícil revés, porque este numeroso grupo de marxistas de clase media y ascendencia hidalga en términos liberales, en realidad han perdido los controles del Estado que desde hace 20 años –a lo largo de lo que va el siglo XXI–, habían logrado consolidar como cancha propia y apropiada.

El gobierno bicéfalo Castillo-Cerrón, en realidad comenzó muy mal, y lo que mal empieza no termina bien. Las calles son aún de la protesta antigubernamental, de la reacción contra el marxismo gobernante, de la Nación indignada por esta imposición de un gobierno que no mereció la confianza electoral de la mayoría de los peruanos. Y, porque era visible y esperado el plan urdido para favorecer con la libertad a su líder e inspirador, Abimael Guzmán. Pero, todo se ha esfumado. ¡Abimael ha muerto!

Murió sin mostrar ante el país su arrepentimiento exteriorizado por el gravísimo daño que desató su intoxicación ideológica.

Sin embargo, es necesario hacer las respectivas verificaciones en el cadáver, exigir que se conserve en tumba conocida, y que no se incinere porque puede ser necesaria una exhumación, si la prudencia lo aconseja. La misericordia en el umbral de la vida eterna es potestad de Dios; no es de competencia de los humanos, porque no podemos ni debemos juzgar conciencias. Tan sólo nos resta recordar, objetivamente, los desvalores que mantuvo con terquedad alimentada por su fanatismo ideologizado contagiado a su discipulado.

Con la muerte de Abimael Guzmán el Perú no puede sentirse aún en paz y con seguridad, pues, quienes nos gobiernan son los abimaeles prohijados en la ideología de su mentor, en la disciplina partidaria de su inspiración y en la venganza revolucionaria que los propios resentimientos de cada quien relanzan a conducirse con maldad y sin contemplación. Propio, todo ello, de una conducta afectada por la dolencia delictiva que inspira el marxismo perverso.