La silla turca: maratón

Hace 18 años, un 3 de noviembre, corrí mi primera maratón. Fue en Nueva York, un domingo soleado, extrañamente cálido para la temporada. La salida fue cerca de las 10.00 am y con más de 35,000 competidores, iniciándose en el distrito de Staten Island, en el puente Verrazano Narrows, para posteriormente recorrer los distritos de Brooklyn, Queens, Bronx, llegando a un espectacular, colorido y bullanguero Parque Central en Manhattan, cruzando la meta con mi chullo peruano y dentro del tiempo planificado. ¡¡Fue espectacular!!. Mi vida ha sido otra luego participar en esta competencia.

De acuerdo a la historia,  “la maratón se basó en la vivencia del soldado griego Filípides, quien en el año 490 a. C. murió de fatiga tras haber corrido 40 km desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa” (Wikipedia).

Para quienes practicamos el fondismo, llegar a competir en una maratón es algo apasionante, retador, motivador, extremadamente adictivo y cruzar la línea de meta, luego de haber recorrido 42.195 km con tu mayor esfuerzo, te da una la felicidad que “pone la piel de gallina”, generándote una sensación de satisfacción y orgullo y un sentimiento de realización comparable con muy pocas cosas en la vida.

Estar en la línea de partida y cruzar la meta el día de la competencia es la punta del iceberg. Diríamos que es lo anecdótico. Estar allí al inicio de la carrera, antes del disparo y junto con otros corredores representa muchas cosas. Dependiendo del nivel de amateurismo y la marca personal que cada uno busca (relacionada al plan de entrenamiento): seguramente en las últimas 20 semanas, previas a la maratón, sumaste entre 1,500 km y 2,000 km de entrenamiento, (repeticiones, series, cuestas, mucho ejercicio de soltura y de fortalecimiento ), sacrificaste muchas horas de sueño para cumplir con tu entrenamiento o por el contrario dejaste de asistir a reuniones sociales, modificaste tus hábitos de alimentación y te volviste un especialista en comprar zapatillas y ropa deportiva.

Como decía, lo que te ocurra el día de la maratón es anecdótico. Si estabas muy intranquilo no pudiste conciliar el sueño, o no te levantaste a tiempo, o comiste algo que no te cayó bien, o tomaste una bebida rehidratante diferente, o conocedor que el día de la maratón no se estrena nada (menos un par de medias), utilizaste algo nuevo. O te emocionaste tus primeros kilómetros y fuiste muy rápido condicionando la segunda parte de la carrera. Todas estas contingencias se reducen con entrenamiento y preparación.

En general, para los que creemos en Dios, todos los días recibimos pruebas, que podríamos llamar “externas” comprobando que “estamos vivos”, pero cruzar la línea de llegada en una maratón, te da la certeza “interna”, que marca tu corazón y tu alma. Tienes la seguridad de que aspectos tan abstractos son tan “concretos” en la vida como: la decisión, la constancia, la disciplina y sobre todo la fortaleza de tu alma y tu espíritu.

A la fecha he completado 10 maratones y cada una de estas experiencias ha sido magnífica. Seguramente esta pasión me llevará a visitar otras ciudades e iniciar otros periodos de entrenamiento, pero siempre con la ilusión de un inicio y con la certeza de disfrutar este regalo sensacional que es la vida.