La silla turca: el piso está firme

Hace unos años, trabajé en una institución bancaria y estuve a cargo de una oficina que tenía a los ahorristas institucionales más importantes de la zona. Como se sabe, el negocio original de los bancos consiste en captar fondos (pagar una tasa de interés por esos ahorros) y prestar esos fondos a quienes los necesiten, evidentemente haciendo una pertinente evaluación crediticia (a estos últimos se les cobra una tasa de interés por estos préstamos).

Como es la vida misma, el resultado de la gestión laboral se ve por los indicadores finales y el cumplimiento de las metas asignadas para un periodo en particular. Preocupados en ello, mi equipo y yo animábamos y argumentábamos el crecimiento de nuestros depósitos con nuestros ahorristas, así como el crecimiento de nuestras colocaciones con los clientes que requerían créditos para sus negocios en general.

Mi amigo Francisco era uno de los representantes de una de las empresas que tenía depósitos con nosotros. Y la permanencia de ellos en la última parte del año, era importante para el cumplimiento anual de los objetivos de mi oficina.

Recuerdo que era el último trimestre del año y Francisco, a través de uno de sus colaboradores, me hizo llegar un encargo, temprano por la mañana un día lunes. Me pedía revisar el vencimiento de los depósitos que tenía en la oficina, así como reafirmar las tasas de interés que tenían asignadas.

Instintivamente, pedí hablar telefónicamente con él y ante la imposibilidad de comunicarme, decidí ir a buscarlo a su oficina. La verdad me preocupé bastante pensando en la probabilidad de que los depósitos se fueran a cancelar  (llevándose el dinero a otra institución bancaria) y que eventualmente se pusiera en peligro el cumplimiento de las metas de todo el equipo.

Su oficina quedaba en un segundo piso. Así que después de manejar muy rápido y estacionar raudamente, subí las escaleras hasta su oficina y esperé prudentemente hasta que me diera unos minutos de su tiempo.

Cuando comencé a expresarle, aun agitado, mi preocupación, me interrumpió y sonriendo gentilmente me dijo: “Javier… el piso está firme”.

Por un instante, que se hizo eterno, me abordó un sentimiento de vergüenza. Tal vez por falta de aplomo, tal vez por no manejar las emociones, tal vez porque reaccioné anticipadamente, tal vez porque me precipité… saqué conclusiones erradas.

Cuantas veces en nuestra vida personal y laboral, recibimos información que por instinto comenzamos a catalogar como señales malas y cometemos el error de no averiguar más, de no hacer lo obvio, que es preguntar, levantar información, pedir referencias.

En el ínterin, sacamos conclusiones, seguramente incluso estamos tomando decisiones sobre estas suposiciones, estamos asumiendo escenarios que solo están en nuestra imaginación, comenzamos a sufrir y lo que es peor gastar nuestra energía, el día se pone malo… Y cuando reaccionamos, despertamos a la realidad, salimos de ese mal sueño que solo estaba en nosotros, nos damos cuenta y ratificamos que… “el piso esta firme”.

NB.- Un abrazo grande al Cielo para mí querido amigo Francisco (FAHS).