Saludo al nuevo presidente del Tribunal Constitucional

En una columna anterior advertí sobre la existencia en el Perú de instituciones que llevan el nombre de similares que funcionan ejemplarmente en otros países. Me refiero a la Defensoría del Pueblo  y el Tribunal Constitucional.

Ambas entidades están concebidas para fortalecer, en un Estado de Derecho, el sistema democrático, defendiendo la norma jurídica, el uno y a la Persona Humana el otro, con el fin supremo de garantizar la paz social y la conciencia en condiciones de bienestar.

El comportamiento -la conducta- de algunos con posiciones representativas de la Defensoría y el Tribunal deja mucho que desear en los últimos meses. En una entrevista a un diario la presidenta del TC, con afirmaciones poco profesionales, arremete contra el Presidente de la República. Es harto sabido que un Magistrado jamás debe adelantar opinión más aún si se está tratando de un tema tan sensible como la. competencia de Poderes del Estado.  Quien representa a un órgano como el TC  debe dar , más bien, información  al país sobre los logros, o metas no alcanzadas.

Felizmente tenemos ahora a don Augusto Ferrero como flamante presidente del Tribunal, jurista de prestigio internacional, a quien saludo desde esta columna. Además de Profesor Universitario, fue un gran embajador en Italia y tiene una amplia obra escrita.

Me comentan que el llamado Defensor del Pueblo, apareció en un programa televisado opinando desacertadamente sobre el Jefe de Estado. Quien ya cumplió su ciclo, le corresponde más bien dar cuenta sobre su gestión, actividad en la que cobró miles de dólares. Se dice que en el afán de aferrarse al cargo organiza desayunos con periodistas, pacta entrevistas con temas previamente acordados, para enfrentarse al Ejecutivo y así llamar la atención.

Las responsabilidades de la Defensoría del Pueblo aconsejan una selección cuidadosa para quien ejerza el alto cargo. Hay casos en que la capacidad profesional -o magros logros- se puede medir con el afán de salir a la prensa. Más aún hoy que hay quienes consiguen un espacio en algunos medios afanados en buscar a cualquiera que se sume a un plan golpista o de desestabilización.

En momentos en los que la pobreza hiere la democracia, es necesario poner sobre el escenario -a modo de advertencia- la tendencia a una traición colectiva a la solidaridad. A este desvío de la ética se le puede atribuir falta de conocimiento y de la buena educación. Ello ha derivado en esa pérdida de la una actuación solidaria, que permita el bienestar en una sociedad organizada.

Estamos, entonces, ante la   amenaza de un desequilibrio social y político , que no debemos permitir.  Más aún si  trata de personas representativas de Instituciones de renombre internacional.