Cómo Joe Biden ayudó a crear la crisis en Ucrania

Ted Galen Carpenter sostiene que ahora es relativamente seguro que las fuerzas militares estadounidenses no se involucrarán directamente en un conflicto en Ucrania.

Un pecado especialmente ofensivo que un equipo de política exterior puede cometer es enviar señales inconsistentes a un potencial adversario acerca de un asunto importante. Desde sus primeros días, la administración de Joe Biden ha sido culpable de ese pecado respecto de la política de Washington hacia Taiwán; los asesores del presidente se han encontrado “aclarando” (esto es, retractándose de) las afirmaciones más precipitadas de Biden acerca de la naturaleza y grado del compromiso de EE.UU. con la seguridad de la isla y su independencia de facto. Un número todavía mayor de mensajes mezclados han estado saliendo de la administración respecto de su política hacia Ucrania durante los últimos meses. Las potenciales consecuencias adversas de dicha ineptitud diplomática en torno a Ucrania parecen ser todavía más inminentes y preocupantes que aquellas que podrían resultar del mal manejo de la administración en el asunto de Taiwán. 

En su llamada telefónica del 2 de abril con el Presidente de Ucrania Volodymr Zelensky, el Presidente Biden manifestó “el respaldo decidido [de Washington] a la soberanía e integridad territorial de Ucrania frente a la continua agresión de Rusia en la región Donbas”. En una reunión el 1 de septiembre en la Oficina Oval, Zelensky recibió expresiones similares de un respaldo estadounidense por parte del Presidente. 

El Presidente, el Secretario de Estado Antony Blinken, y otros funcionarios han realizado declaraciones similares en varias ocasiones. El 2 de diciembre, Blinken nuevamente insistió que el compromiso de Washington con “la integridad territorial” de Ucrania es “inquebrantable”, y advirtió explícitamente a Moscú en contra de continuar aumentando la presencia militar de fuerzas rusas cerca de la frontera con su vecino. 

Dichas promesas de respaldo al menos implicaron que la asistencia militar estadounidense se haría presente en la ocasión de una crisis. Los funcionarios estadounidenses también continuaron expresando respaldo para sumar la Ucrania a la OTAN, un paso que crearía una obligación bajo el Artículo 5 del Tratado del Norte del Atlántico para que EE.UU. y todos los demás miembros de la OTAN acudan a defender a Ucrania si esta fuese la víctima de una agresión. 

Sin embargo, los líderes rusos han provisto advertencias claras en múltiples ocasiones durante los últimos años que hacer de Ucrania un cliente de defensa de EE.UU. o un miembro de la OTAN cruzaría una línea roja que amenazaba los intereses vitales de seguridad de Rusia. La preocupación acerca de las intenciones de Occidente llevó al aumento de la presencia militar rusa en las fronteras de Ucrania en abril y a un despliegue todavía mayor a fines de 2021 y principios de 2022. Luego en diciembre, el Kremlin demandó una serie de garantías de seguridad por parte de EE.UU. y la OTAN. Dos de las demandas importantes eran que Ucrania nunca se vuelva miembro de la OTAN y que la Alianza retire sus fuerzas de otras áreas en Europa del Este

La envergadura e intensidad de las demandas de Moscú parecen agarrar a la administración de Biden con la guardia baja. Esta respondió aceptando participar en una serie de reuniones bilaterales para resolver la creciente crisis. El resultado de esas reuniones sigue siendo incierto, sin embargo, y una peligrosa atmósfera de crisis continúa. 

Oficialmente, la administración adopta la posición de que ningún poder extranjero puede ejercer un veto por sobre qué países, Ucrania incluida, pueden unirse a la Alianza. También parece existir una negativa tozuda a comprometerse a reducir la amenazadora presencial militar de la OTAN a lo largo de Europa del Este —una presencia que ha estado aumentando durante años. 

Sin embargo, ha habido un cambio notable en el lenguaje que los funcionarios de la administración de Biden usan cuando hablan acerca del compromiso de EE.UU. con la soberanía de Ucrania o acerca de la probabilidad de una respuesta estadounidense si Rusia utiliza la fuerza militar en contra de su vecino. Ese cambió creó una nueva ola de mensajes mixtos. En su video-conferencia de dos horas con el Presidente ruso Vladimir Putin el 7 de diciembre, Biden habló de “consecuencias severas” si tuviese lugar una invasión. Sin embargo, solo advirtió de sanciones económicas adicionales y vagamente acerca de “otras medidas”. Es revelador que no advirtió a Putin que las fuerzas estadounidenses actuarían para defender a Ucrania. 

Blinken ahora advierte que “consecuencias masivas” resultarían de un ataque ruso a Ucrania. Pero el contexto general de sus declaraciones confirma que él solo se refiere a sanciones económicas más severas, no a una represalia militar. Es cada vez más evidente que EE.UU. no desea intervenir con sus propias fuerzas si se da una guerra ruso-ucraniana. Desafortunadamente, así como cuando la administración de George Bush hizo cuando le dio al Presidente de Georgia Mikheil Saakashvili la impresión errónea de que su país tendría el respaldo militar de Washington, Biden y su equipo de política exterior puede que le hayan dado a Kyev la impresión de que el compromiso de EE.UU. era mucho más firme de lo que realmente era. En este caso, no obstante, los líderes ucranianos ahora puede que estén conscientes de las limitaciones. Saakashvili no comprendió esa realidad, inició una escaramuza en contra de las tropas rusas, y acabó sufriendo una derrota humillante

Respecto de la política estadounidense hacia Ucrania, ahora es relativamente seguro que las fuerzas militares estadounidenses no es probable que se involucren directamente. La administración de Biden parece estar ejecutando a último minuto una prudente retirada de política para evitar una potencial catástrofe. Sin embargo, la administración continúa enturbiando la naturaleza de sus políticas. Una nueva entrega de armas estadounidenses acaba de llegar a Ucrania. Blinken también ha autorizado a los miembros de la OTAN, notablemente a las repúblicas bálticas, para que transfieran armas de EE.UU. en su posesión a Ucrania. 

Los reportes en la prensa indican que Washington todavía podría estar coqueteando con las aún más peligrosas “opciones intermedias”. Dos han atraído más atención: armar y entrenar a las fuerzas ucranianas de “resistencia” en áreas que Rusia podría tomar y enviar asesores militares estadounidenses a Ucrania. Ambas opciones constituirían provocaciones irresponsables, y la administración debería rechazar el consejo de halcones congénitos que están presionando por este tipo de esquemas. 

La administración de Biden sería inteligente si negocia de manera seria con Rusia acerca de Ucrania y de unas garantías de seguridad más generales en torno a la presencia de la OTAN en otros lugares de Europa del Este. Incluso la decisión inicial de expandir la OTAN hacia el Este podría quedar registrada como un error histórico que envenenó las relaciones entre Oriente y Occidente. El coqueteo de Washington con hacer de Ucrania un cliente de seguridad es todavía más mal concebido. Los líderes estadounidenses también necesitan dejar de enviar señales mixtas acerca de este asunto. Un nuevo mensaje claro es imperativo. Ese mensaje debería ser que EE.UU. ahora reconoce que las políticas anteriores fueron innecesariamente provocadoras y que Washington ahora está dispuesto a darle a Moscú garantías de seguridad razonables y a buscar una reconciliación necesaria. La paz europea puede que dependa de este realismo, claridad y acomodación, aún cuando sea tardío este cambio de política.

* Académico Distinguido del Cato Institute y autor o editor de varios libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington’s Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

** Tomado de elcarto.org. Este artículo fue publicado originalmente en 19FortyFive.com (EE.UU.) el 25 de enero de 2022.