Lo que mal comienza, mal acaba

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Ayer las llamaradas salían devorando el vano de los ventanales en el viejo edificio de la Residencial San Felipe, como una insolente injuria a la paz del vecindario. Mientras, terminaba de leer su listado de pequeñeces el inepto mandatario peruano.

Fui a ver si podía prestar ayuda. Algo se puede hacer para superar la emergencia, y mitigar el golpe artero, con el que se pasa, en una fracción de tiempo, a la inopia, esa amante lasciva que generalmente acompaña a los viejos antes de exhalar su último suspiro.

Hoy, solo queda desolado el perfil de lo que fueran los hogares ya vaciados de contenido, inhabitables y con pronóstico reservado sobre su refacción, la desgracia ajena puede dolernos todavía si recuperamos el valor de la solidaridad. Pero después de ello nada, al menos cuando nuestras manos solo contienen huellas de lo que en otros tiempos fuimos capaces.

Así es como la mañana en que escribo, y que antes era el día de los desfiles que caracterizaron la evocación del arrojo y valentía del guerrero, formado en los institutos armados, se ha convertido en un día de folclore, a gusto del maestro de escuela rural que regocija su minúscula naturaleza desde el palco circense en que ha convertido el Cuartel General de las FFAA.

Los cómplices de la esfera criminal gobernante van llegando ante el Ministerio Público, para canjear sus culpas con beneficios, a través de una oportuna delación que permita desenmascarar al ‘capo di capi’.

Perú ha caído en manos de una banda supernumeraria que está infiltrada en todos los estamentos del Estado, muy difícil de vencer dentro del debido proceso. En tanto este solo es posible, si las fuerzas del orden dan amparo a la Ley para que se cumpla y no al delincuente, para que la evada.

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