¿Acaso Chile no quería un cambio de constitución?

Manuel Hinds considera que la derrota tanto de una constitución de izquierda como de una de derecha en Chile demuestra que la institucionalidad que sustenta la democracia liberal en ese país ha sido sólida.

Ayer 17 de diciembre el pueblo chileno destruyó el mito que se había formado en los últimos años de que el así llamado modelo chileno había fracasado y que había llevado a un rechazo general del pueblo de la constitución que lo había enmarcado desde el fin de la época de Pinochet. El rechazo por parte del pueblo de dos proyectos de una nueva constitución—una de izquierda y una de derecha—demostró que estas ideas, formadas hace cuatro años, eran falsas. La gente prefirió que siguiera en vigencia la constitución que ellos mismos habían llamado de Pinochet.

Este hecho es importante en sí mismo para Chile y para América Latina porque confirma la solidez de las instituciones chilenas que siguieron el tema constitucional hasta que quedó claro lo que el pueblo quería, que era muy diferente a lo que todo el mundo asumió cuando las controversias sobre la constitución emergieron en medio de las protestas de octubre de 2019. Pero también es muy importante como una lección para no sacar conclusiones apresuradas de eventos políticos, especialmente de los que, como los de Chile, se originan en momentos de gran intensidad emocional y en medio de grandes prejuicios.

Por estas razones lo que se demostró ayer en Chile debería de ser motivo de reflexión en estos momentos en los que las cosas pasan tan rápido que la gente apenas dedica unos minutos a entenderlas y a sacar conclusiones de ellas.

En octubre de 2019 una manifestación de estudiantes de secundaria en Santiago de Chile en contra del aumento del precio de los tiquetes del metro se fue convirtiendo en los días siguientes en una ola de disturbios que convulsionaron al país y que inmediatamente fueron diagnosticados por la prensa internacional como la prueba de que Chile, hasta ese momento considerado un país exitoso atendiendo a su enorme progreso económico y social, había sido un fracaso total que requería un cambio constitucional que estableciera nuevas maneras de generar y distribuir el ingreso y el poder político del país. El diagnóstico estaba basado en tres grandes ideas. Primero, que el problema principal era que la constitución vigente había sido escrita por Pinochet, aunque había sido modificada al gusto de gobiernos de centro izquierda en los años subsiguientes. De todos modos, la idea era que la gente jamás admitiría una constitución que hubiera sido escrita por Pinochet. Segundo, que además esa constitución había llevado a Chile a un crecimiento en el que sólo los ricos habían participado. Esto contradecía la evidencia estadística que probaba que Chile no sólo había sido el país que más había crecido económicamente en la América Latina sino también el que más progreso había tenido en términos de desarrollo humano y bienestar social. Tercero, que no podía ser que un modelo basado en ideas liberales pudiera haber tenido mucho más éxito que los regímenes de izquierda que han formado el gran fracaso de América Latina. Las manifestaciones de Chile demostraban que el régimen chileno había sido muy inferior a los de Maduro, Lula, Castro, Ortega, Morales, Correa y similares.

Estos argumentos estaban cargados de ideología. Pero incluso muchas personas que no tenían esta carga pensaron que la magnitud de los destrozos causados por las manifestaciones tenía que evidenciar algo fundamental, como fallas en la constitución que llevaban al descuido del desarrollo humano. Tenía que ser así, pensó la gente, aunque la evidencia decía lo contrario.

El gobierno de Chile convocó a una asamblea constituyente en medio de la gran felicidad de la izquierda latinoamericana y mundial que esperaban que la nueva constitución iba por lo menos a debilitar si no a eliminar el derecho a la propiedad, iba a poner al día a Chile con la moda de desintegrar a las naciones en múltiples tribus en oposición de la una contra la otra e iba a destruir para siempre el “neoliberalismo”, una palabra inventada por los enemigos del liberalismo sin especificar qué significaba el “neo” en el nombre, y del cual Chile se consideraba el ejemplo más claro. En septiembre de 2022, sin embargo, el pueblo chileno rechazó el proyecto de constitución radical de izquierda que le presentaron. Después de este intento, se decidió hacer otro, para lo cual se convocó a otro Consejo Constitucional. Ya desde que ese otro consejo fue electo se supo que la gente no estaba por una reforma izquierdista. La mayoría de los consejeros electos eran de derecha. Y ayer, 17 de diciembre, el pueblo rechazó contundentemente el segundo proyecto que este nuevo consejo le presentó. Dentro de las reglas del proceso, este segundo rechazo dejó vigente la constitución redactada por el gobierno de Pinochet y destruyó el mito de que, frente a su pueblo, el modelo chileno y el así llamado neoliberalismo habían fracasado.

Lo extraordinario del caso es que en el embudo de opiniones que se formaron después del así llamado Estallido Social de Chile salieron libros enteros explicando por qué el país había fracasado y por qué el pueblo había rechazado el “neoliberalismo” y el modelo chileno. Ahora estos libros se quedaron huérfanos de qué explicar. Los chilenos no sólo no han rechazado el capitalismo (no apoyaron el debilitamiento del derecho a la propiedad en el primer proyecto) sino que han redoblado su fe en la esencia de la democracia liberal al apoyar la institucionalidad democrática del país y el debate y el diálogo como mecanismo para entenderse políticamente.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo haberse cometido un error tan grande habiendo asumido que el pueblo quería algo que no quería?

Es bien conocido en las ciencias exactas que establecer la causalidad de un evento —es decir, el diagnosticar por qué una cosa ha sucedido— es un proceso difícil y complicado. Esto lo saben muy bien los médicos, que invierten una parte considerable de su tiempo en investigar no sólo las causas de las enfermedades en general sino también en establecer si los síntomas de una enfermedad ya definida coinciden con los que presenta un enfermo. Igual atención dedican otras profesiones cuando, por ejemplo, se cae un edificio o un avión. Pasan meses y a veces años tratando de dilucidar con exactitud lo que causó la caída. Todos estos profesionales saben que el diagnóstico determina el tratamiento que hay que poner en práctica para sanar a los enfermos y prevenir las causas de los accidentes. Equivocarse en el diagnóstico puede causar daños muy graves, que pueden tener consecuencias también graves para los que emiten diagnósticos equivocados o mal intencionados porque en las ciencias exactas es posible comprobar la veracidad de un diagnóstico porque pueden hacerse experimentos controlados todas las veces que uno quiera. Usted puede, por ejemplo, comprobar miles de veces que, si hace un vacío en un receptáculo y deja caer un plomo o una pluma en él, estos objetos caerán acelerando su caída en 9.81 metros por segundo en cada segundo.

No es así en las ciencias sociales en donde los experimentos normalmente no son posibles porque no se pueden repetir exactamente las mismas condiciones en cada uno de ellos. Así, por ejemplo, mientras que es posible determinar si la falla de una pieza en una turbina de gas lleva a una explosión en un experimento controlado, no puede repetirse los hechos que llevaron a la Revolución Francesa o al Gran Depresión de los años treinta para determinar cuáles fueron las causas que llevaron a estas consecuencias, cambiándole, por ejemplo, el carácter a María Antonieta para ver si éste tuvo que ver en el resultado, de la misma manera en la que se mete un modelo de un avión en un túnel de viento para ver si diseñando un alerón de manera distinta habría evitado un accidente. Usted no puede reproducir las manifestaciones y sustraer a la policía o dándole órdenes diferentes para ver cómo esto modifica los eventos.

Como es tan difícil y complejo producir estos diagnósticos, y como nunca se puede estar seguro de que estaban correctos, cualquiera se siente seguro de poder emitir su diagnóstico de un evento en las ciencias sociales y darlo por cierto. En estas circunstancias la posibilidad de inyectar prejuicios en un diagnóstico es muy grande, especialmente en temas ideológicos, que constituyen un porcentaje alto de las ciencias sociales. Por eso, un periodista que jamás se atrevería a hacer un diagnóstico sobre una enfermedad compleja y firmarla en un periódico, se atreve a hacer un diagnóstico de una situación económica y política igualmente compleja pero irrepetible en experimentos.

Esta falta de control es un incentivo muy fuerte para decir cualquier cosa. Note usted cómo todos los días es posible encontrar pronósticos de desempeño económico de los países mientras usted muy raramente encontrará un chequeo de estos pronósticos cuando su plazo ha vencido. Esto no debería de ser un problema porque todos los que emiten diagnósticos y pronósticos en estos casos están dando su opinión, no certificando hechos y todo el mundo debería de saberlo. El problema surge por la candidez del público, que, por razones también ideológicas o por pura superficialidad toma estos diagnósticos como verdades sagradas y las adopta como comprobación de prejuicios anteriores o como fuente de nuevos prejuicios.

Si en Chile la gente voló con dinamita las estaciones de metro debe ser porque hay algo malo en el país, y la historia de Pinochet, aunque ya sea bien vieja, y aunque entre él y nosotros hayan pasado ya muchos gobernantes izquierdistas, es muy atractiva para endilgarle la culpa por los dinamitazos.

Por supuesto, puede decirse que el momento de las decisiones finales de rechazar las dos propuestas de constitución no eran los mismos que cuando las manifestaciones callejeras se estaban dando. Pero eso, que es cierto, confirma que lo que el pueblo podría haber querido en un momento emocionalmente cargado no era lo que realmente quería. Por precipitación y prejuicios, el diagnóstico del momento de las manifestaciones estaba equivocado.

La experiencia completa —el surgimiento de la cólera por un aumento leve del precio del metro, su escalamiento en los días posteriores, la participación de gente entrenada y equipada para volar edificios de puro concreto como las estaciones del metro, la animadversión entre los manifestantes y los policías, las explicaciones de los gurús en el sentido de que Chile quería otra constitución y el fracaso de esta idea con dos propuestas rechazadas, una de la izquierda y otra de la derecha— es una lección de las ventajas de las institucionalidades fuertes, como ha probado serlo la chilena, que evitó que en un momento de euforia revolucionaria el pueblo le diera todo el poder a un líder para que hiciera todos los cambios que pensaban que necesitaban, al costo de la democracia. Después de un tiempo, la opinión cambió a reafirmar el camino que Chile ya llevaba. Haber logrado que el pueblo no optara precipitadamente por algo que en el fondo no quería ha sido una ventaja enorme.

Pero hay otra ventaja que la institucionalización ha dado, igual de importante. Es que ha dado una nueva serenidad al pueblo en su camino al progreso. El domingo 17 en la noche, todos los partidos políticos, de izquierda y de derecha, dijeron lo mismo—que el pueblo se ha manifestado, y que es hora de acatar su decisión, de dejar a un lado las divisiones que creían que tenían y que afortunadamente no tenían, y de ponerse a trabajar dentro de ese orden afirmado desde el lunes en la mañana.

* Tomado de El Cato, Este artículo fue publicado originalmente en el Substack de Manuel Hinds el 18 de diciembre de 2023.